Opinion

Los distritos reviven su interés en los maestros locales

Andy Porras vive actualmente en California. Publica el tabloide bilingüe Califas, que circula en el área metropolitana de Sacramento. Escríbale por correo electrónico a: Califasap@yahoo.com.

En un reciente artículo del U.S. News & World Report se explora un programa de las escuelas públicas de Chicago que está atrayendo atención nacional. ‘Cultiva tus Propios Maestros’ surgió en 2006 con la idea de ofrecer a los niños de la parte vieja de la ciudad, que son latinos en su mayoría, mayores probabilidades de éxito escolar si los maestros surgen de sus propios barrios.

“Son personas que conocen a los chicos, les tienen cariño y están deseosos de mejorar las escuelas de su barrio,” dice en ese artículo Anne Hallet, directora de ‘Cultiva tus Propios Maestros.’ El artículo afirma, además, que los administradores escolares de Chicago están cansados de ver que los maestros de primer año huyan hacia otros distritos, así que están dispuestos a invertir $7.5 millones en capacitar a quienes estén dispuestos a ayudar.

Otros sistemas escolares — entre ellos los de Seattle, el Condado de Broward, Florida, y Long Beach — están trabajando en proyectos similares.

Cuando leí que lo “actual” es que las escuelas de la parte vieja de la ciudad contraten a personas que conozcan bien a los niños de los barrios — habitantes de la misma zona con ganas de enseñar- una sonrisa traviesa se dibujó en mi rostro.

Es la misma ideología que tuvo el Distrito Escolar Independiente de San Felipe (DEISF), donde yo me eduqué. Fue un distrito que surgió en 1929 en la frontera del sur de Texas. Representaba escuelas segregadas — en los barrios Del Río/San Felipe- debido al intenso racismo del Estado de la Estrella Solitaria contra sus residentes de ascendencia mexicana.

Pudiéramos decir que fueron las escuelitas segregadas que sí lo lograron.

El personal docente, administrativo y general del distrito constaba principalmente de mexicoamericanos locales. Muchos alumnos del distrito, después de cursar estudios universitarios, regresaron a su alma mater. Algunos trabajaron varios años como maestros, pero luego se marcharon para estudiar carreras más lucrativas, como medicina o derecho. Sin embargo, muchos se quedaron hasta concluir su vida docente.

Cuando yo era chamaco, la desigualdad era un estilo de vida en mi pueblo natal de 16,000 habitantes. Ofrecía a sus jóvenes una educación basada en el color de su piel. Teníamos cuatro distritos escolares únicos e inconfundibles: casi completamente blancos, completamente negros, completamente morenos y católicos. No fue sino varias generaciones después cuando esa disparidad se transformó en diversidad.

Hace poco, regresé a Del Río para los funerales de un pariente. Pasé por las escuelas que me dieron mis experiencias académicas primarias y secundarias, y recordé a mis ex maestros y directores. Más de tres de cada cuatro eran originarios de aquí.

Yo mismo, después de obtener mi licenciatura, regresé y dediqué cuatro años a enseñar periodismo y financiar el periódico y las memorias anuales de la escuela.

Rara vez tuve problemas disciplinarios, quizás porque conocía a las familias de la mayoría de mis alumnos -algo que, estoy seguro, el proyecto de Illinois vivirá si los maestros surgen de sus propios barrios.

En cierto momento, llegué a darles clases a hermanos y hermanas de mis ex compañeros. No era raro que las idas al supermercado o a la ferretería se convirtieran en juntas improvisadas de padres-maestro-alumno, pues los adultos se me acercaban para preguntar sobre algún niño inscrito en uno de mis cursos.

Si alguien empezaba a dar problemas en clase, miraba fijamente al impertinente y le advertía, “¡Sé dónde vives y conozco muy bien a tus papás!” El miedo se apoderaba del revoltoso, que raramente volvía a interrumpirme.

Los sanfelipenses nos abrimos paso en las universidades a golpes del propio bolsillo, luego volvimos para animar y motivar a otros alumnos para que hicieran estudios superiores, tal como nuestros maestros lo hicieron con nosotros.

En el DEISF, la clave siempre fue la amistad con nuestros hermanos y hermanas de barrio. La misión de nuestra escuela era muy sencilla: quiéranse y cuídense unos a otros.

Recordé a mi difunto padre, quien fue parte del consejo de fiduciarios del DEISF.

Ambos habríamos aplaudido el valeroso esfuerzo de Illinois.

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