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La historia de Mayra Díaz

VISALIA — En una airosa tarde de un jueves en abril, Mayra Díaz de 22 años de edad, estaba en un polvoriento diamante de béisbol ayudándole a su hijo Daniel, de 6 años, a calentar para el entrenamiento de béisbol.

“Tírala fuerte así, mami,” dijo Daniel mientras tiraba la bola a su mamá.

Él vestía el uniforme de su equipo – una camiseta de los Medias Blancas y pantalón blanco que ya tenía manchas de polvo en las rodillas – y ella vestía pantalón de mezclilla, una camiseta negra, y grandes lentes oscuros para el sol.

El inscribir a Daniel en el equipo de béisbol es solo una manera en que Díaz – quien se embarazó cuando tenía 15 años – está tratando de asegurar que su hijo tenga un futuro brillante, lleno de logros educativos y libre de la cultura de pandillas con la que ella creció en una pequeña comuniad del Condado de Tulare.

Dos de sus hermanos entraron en las pandillas y el padre de su hijo también en un tiempo estuvo involucrado en pandillas.

“Espero que no esté en los genes o algo así,” dijo ella mientras se sentaba en el césped y veía a Daniel entrenar con sus compañeros de equipo.

Díaz es una de las miles de adolescentes latinas que cada año, en el Valle de San Joaquín llegan a ser madres de familia en sus años de adolescencia.

Las estadísticas dicen que como madre adolescente, es muy probable que Díaz tenga menos éxito educativo, y que Daniel, como hijo de madre adolescente, tenga más probabilidades de llegar a estar encarcelado. Díaz está segura de que ella puede demostrar que los expertos están equivocados.

Aunque Díaz fue una madre adolescente – y ahora es una madre soltera joven – ella está decidida a asegurarse de que su hijo tenga toda oportunidad posible para su éxito.

“Aunque la gente no tiene que saber, yo no quiero que él piense que es diferente simplemente porque está siendo criado por una madre adolescente,” dijo Díaz, quien graduó de la Escuela Preparatoria Sequoia, una escuela de continuación, y del College of the Sequoias. Ella actualmente cursa su tercer año en la Universidad Estatal de California en Fresno.

Díaz creció siendo la menor de cuatro hermanos en Ivanhoe, una comunidad de trabajadores del campo con 4,474 habitantes, cerca de un 82.5 por ciento de los cuales son latinos.

“Es un pueblo pequeño, y las pandillas se han apoderado de el,” dijo Díaz. “No hay mucho que hacer.”

Cuando cursaba el noveno grado en la Escuela Preparatoria Golden West, Díaz obtuvo calificaciones buenas.

Ella se embarazó poco después de cumplir los 15 años.

“Debido a que soy hispana, yo tenía miedo de decirle a mis padres y ver lo que iba a pasar,” dijo Díaz. “Yo sabía lo que podía pasar – tenía miedo de que me corrieran de la casa. Solo tenía miedo."

Ella tuvo éxito en conservar su embarazo como secreto de su mamá por lo menos un mes más. Su padre se enteró poco después.

“Yo venía de regreso de la escuela, y bajandome del autobús rumbo a casa, y mi hermana estaba esperando afuera,” recuerda Díaz. Ella dice que su hermana le dijo, “Tienes que venirte a la casa conmigo porque papá se enteró y está enojado y te va a confrontarse si te vas a la casa.”

Ella se salió de la casa de sus padres y vivió con su hermana en la afueras de Visalia por gran parte de su embarazo.

Ella regresó a vivir a la casa de sus padres la noche que se le reventó la fuente. Era como la media comida — llevó a Díaz a Kaweah Delta Medical Center en Visalia.

Su hijo Daniel, nació el 8 de junio, 2004.

El mayor temor de Díaz había sido el dejarle saber al mundo su embarazo. Pero ese fue solo uno de los muchos desafíos que Díaz encontró y superó.

Después del nacimiento de su hijo, Díaz regresó a Golden West para cursar el décimo grado, pero para entonces sus prioridades ya habían cambiado.

Aunque la madre de Díaz le suministró las cosas básicas, como pañales y leche, Díaz empezó a trabajar de tiempo parcial en McDonald’s en cuanto cumplió los 16 años, para poder proveer cosas para su hijo.

“Eso también como que me descarriló,” dijo ella de su empleo. “Empecé a enfocarme más en querer trabajar para poder comprarle cosas a mi hijo. Yo quería poder comprarle cosas y no siempre pedirle a mi mamá.”

Para el final de su décimo grado, ella se mudó a la casa del padre de su hijom pero esa situación no duró mucho.

“Siempre discutíamos, siempre peleábamos,” dijo ella. “Era una situación muy mala."

Ella reflexionó: “Esto no es lo que yo quiero,” recuerda que pensó para sí misma. “No veo mi vida siendo así para siempre, o simplemente terminar aquí, o detenerme aquí.”

Ella se transfirió a una escuela preparatoria independiente para su onceavo grado. Para su doceavo grado de preparatoria, Díaz se inscribió en la Preparatoria Sequoia, una escuela de continuación, e inscibió a Daniel, de 2 años y medio, en el programa de guardería infantil de la escuela.

Fue en Sequoia donde ella conoció a una maestra de la escuela que, dice Díaz, le ayudó a cambiar su vida.

“Hasta ese momento, yo no necesariamente había conocido a alguien en mi situación,” dijo Díaz. “Yo quería ver a alguien, yo quería saber que cuando se es una madre adolescente uno todavía puede hacer cosas en la vida.”

“Para ese punto de la vida, todos te dicen que no te vas a graduar de la preparatoria. Yo quería conocer  a alguien que hubiera superado eso, y que hubiera tenido éxito.”

La maestra animó a Díaz mientras tomaba sus clases nocturnas, sus clases universitarias, clases en la escuela de adultos, para que pudiera obtener más de 100 créditos ese año y pudiera graduarse a tiempo. Ella animó a Díaz a que compartiera su historia con otras mujeres jóvenes.

Díaz habló en la ceremonia de graduación de la escuela.

Díaz pasó tres años estudiando en College of the Sequoias en Visalia.

Durante ese tiempo, ella trabajó en la oficina de ayuda financiera de la escuela, y recibió apoyo educativo a través de Proyecto Puente, el cual ayuda a los estudiantes universitarios latinos que se transfieren a universidades de cuatro años.

Su hijo estuvo entre el público el día que ella se graduó.

“El que mi hijo corriera hacia mí y me diera un gran abrazo y me dijera que que él quería hacer eso cuando creciera fue uno de los momentos más especiales de mi vida,” dijo Díaz por correo electrónico.

“Mi hijo dijo que él quiere graduar de la universidad y caminar con una toga asi como su mamá."

Diaz actualmente está por terminar su primer año en Fresno State, donde ella estudia ciencias políticas. Ella espera asistir a una escuela de leyes en el futuro.

Como madre soltera, ella hace malavares con sus metas académicas y las actividades extracurriculares de Daniel. Él va a entrenamiento de béisbol dos veces por semana y juega los fines de semana, va a clases de folklórico una vez a la semana, y a catecismo durante el fin de semana.

Aún a su tierna edad, ella le habla de cosas como escoger un camino positivo en la vida, y de que no se sientra atraído a las pandillas. Ella le enseña que no debe vestir ciertos colores, que no debe usar su sombrero de cierta manera.

Todo lo que ella hace, dijo, es parte de su meta más grande: Asegurar que su hijo llegue a la universidad, y siga un futuro. Díaz es la primera persona de su familia en ir a la universidad; ella quiere que Daniel piense que la universidad es un paso normal en la vida.

“Yo solo espero el momento en que lo mande a la universidad, el día en que manejemos, y yo lo deje allí, y él ya tenga su cuarto,” dijo ella: “Esto es mi más grande meta: Que él llegue a la universidad, y eso es lo que yo espero.”

“Yo quiero que él crezca y vea que esto es lo que debe hacer, que esto es lo que se supone que uno debe hacer: Ir a la preparatoria, y de allí, graduarse e ir a la universidad, de eso es de lo que hablamos.”

Mientras hablaba, ella se distrajo con Daniel allí cerca. El entrenamiento de béisbol ya había terminado.

“Con cuidado hijo,” le dijo ella. “Daniel, guarda tus cosas."

Daniel puso una bolsa – empacó su bate, guante y casco – sobre su hombro, y Díaz recogió una silla que había traído al entrenamiento.

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