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Huntsville, un pueblo que gira en torno a las cárceles

Con sus siete prisiones, su cementerio de reclusos, sus souvenirs con los colores del corredor de la muerte y, por supuesto, con su cámara de ejecuciones, Hunstville, en Texas, respira al ritmo de la administración penitenciaria.

En esta pequeña ciudad al norte de Houston, los presos, reconocibles por sus atuendos blancos, mantienen los espacios verdes bajo un sol abrasador. Desde un vehículo pequeño, un guardia los vigila distraídamente. “Ellos no han hecho nada realmente malo: apenas robo de autos o hurtos sin importancia”, explicó.

De los 38,000 habitantes de Huntsville, 14,000 son presos y 6,000 guardias y empleados del Departamento de Justicia de Texas. Por eso las indicaciones para los visitantes no señalan las tiendas de antigüedades, o la tumba del famoso gobernador de Texas Sam Houston, sino “Byrne Unit”, “Wynne Unit” o “Hollyday Unit”, las unidades de la cárcel.

“La prisión es una verdadera industria aquí”, señaló Kathryn Kase, directora del Servicio de Defensa de Texas. “Es sorprendente el número de personas que pueden vivir de esto”, observó.

La prisión supone 16.6 millones de dólares en salarios al mes, mientras unos 200 educadores de prisiones del Distrito Escolar de Windham proporcionan 740,000 dólares mensuales adicionales a la economía local, según la Cámara de Comercio local.

“Todo el mundo conoce a alguien que trabaja en el sistema penitenciario”, dijo Gloria Rubac, activista abolicionista de larga data, y agregó: “Aquí todo gira en torno a las cárceles”.

Los presos confeccionan sus propios trajes y los uniformes de los guardias, hacen las placas de registro de los empleados estatales y crían los pollos que los alimentan.

“Si no tuviéramos el sistema penitenciario aquí, o la universidad, con su Escuela de Criminología, no sé si tendríamos un semáforo en la ciudad”, dijo Jim Willett, excomisionado de la administración penitenciaria.

La ciudad y su condado albergan siete prisiones, incluyendo la más antigua, llamada “The Walls Unit” por sus altos muros de ladrillo rojo, que marca su imponente presencia en el centro, a dos cuadras de los animados restaurantes, la comisaría y los tribunales.

En la esquina noreste del edificio, rematada por una torre de vigilancia, “es donde está la cámara de la muerte”, dijo Willett, quien autorizó 89 ejecuciones en 30 años de carrera.

Bajo el reloj de la fachada, los activistas abolicionistas se juntan durante cada ejecución con velas y pancartas.

Unas horas antes de la hora fatal, el condenado es llevado desde el corredor de la muerte –un complejo de cemento con altas vallas– a la cámara de ejecución en Huntsville, en un recorrido de 50 kilómetros junto al lago Livingston, rodeado de bosques. La ruta exacta no se revela por razones de seguridad.

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