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Agosto de 1962: “desembarcamos en Cuba para instalar los misiles”

“Julio de 1962: salimos del Báltico, con la bodega llena de explosivos destinados a volar el carguero en caso de ataque norteamericano. Principios de agosto: desembarcamos en Cuba para instalar los misiles nucleares”. Cincuenta años después de la crisis de los misiles, un ex oficial soviético relata su experiencia.

En mayo de 1962, estando de vacaciones, el oficial del Ejército Rojo Vadut Jakimov es convocado de emergencia por su unidad de aviación, cerca de Briansk (suroeste de Moscú).

Su unidad es de las más discretas: está encargada de verificar las ojivas o cargas nucleares que se instalan en la cabeza de los misiles. La orden es prepararse para “maniobras en el norte del país”.

A mediados de julio, cerca de 50.000 militares de civil y sin identificación se embarcan en cargueros, equipados con esquíes y botas de invierno. Así comienza la operación “Anadyr”, cuyo nombre, escogido para despistar, corresponde al de una ciudad del norte de Rusia.

“En Baltiisk (en el mar Báltico), esperamos 11 horas a nuestro carguero, el Ijevsk. Sólo 30 años después supimos que nuestros servicios secretos los habían llenado de explosivos que uno de sus agentes estaba encargado de detonar en caso de ataque norteamericano”, cuenta a la AFP Jakimov, de 79 años.

El material sofisticado destinado a verificar las ojivas está oculto en la cubierta, bajo un revestimiento metálico que simula contener material agrícola para evitar ser detectado por los aviones espías de Estados Unidos.

“Ni siquiera el capitán de nuestro carguero estaba al tanto de nuestro verdadero destino: debía abrir sucesivamente tres sobres a lo largo del derrotero. Sólo al abrir el tercer sobre, cuando entrábamos en el Océano Atlántico, se enteró de que tenía que dirigirse a Cuba”, relata el oficial.

Entre julio y octubre de 1962, el líder soviético Nikita Jruchov envió a Cuba “80 cargueros, dos de ellos con 158 ojivas nucleares, otros con misiles, cañones, aviones, cohetes y tres hospitales militares”, relata Jakimov.

El objetivo de la operación era impedir que Estados Unidos invadiera la isla que acababa de declararse comunista, aliada de la Unión Soviética, situada a 200 km de Florida y a 11.000 kilómetros de Rusia.

“Jamás olvidaré aquel viaje de 17 días y medio”, suspira el anciano.

“Había aviones norteamericanos que nos vigilaban y sólo podíamos subir brevemente a la cubierta durante la noche”, recuerda.

Los 300 militares embarcados a su lado hicieron el viaje en condiciones muy difíciles, instalados en la bodega, donde la temperatura alcanzaba 50º centígrados. Muchos se mareaban. La comida comenzaba a podrirse.

“En otros cargueros hubo muertos y los arrojaron al mar”, dijo Jakimov.

El 3 de agosto, día del 29º aniversario de Vadut, el “Ijevsk” llegó a Cuba, al puerto de Mariel. Las operaciones de descarga se hacían de noche. “Sólo los oficiales participaron en la tarea de desembarcar nuestro preciado material”, señala.

Los militares reciben camisas a cuadros para intentar parecerse a obreros agrícolas cubanos y atraviesan la isla de norte a sur, antes de instalarse entre las palmeras de Santiago de Cuba.

Las primeras ojivas nucleares llegan a bordo de otro carguero, a fines de septiembre. “Instalamos 40 en total, en misiles FKR-1”, cuenta Jakimov.

Los aviones norteamericanos siguen con su misión de reconocimiento, pero resultan poco eficaces a causa del mal tiempo. El 27 de octubre, “nos enteramos de que un U2 norteamericano había sido derribado por los cubanos”.

“Pensamos que la guerra era inminente y que todos íbamos a morir”, cuenta. “Debíamos ayudar a los cubanos, creíamos profundamente en esa causa”.

Sin embargo, “un buen día, a fines de octubre, el comandante nos anuncia: misión cumplida, los norteamericanos ya no tocarán a Cuba”.

El grupo nuclear de Vadut abandona Cuba a fines de diciembre, esta vez sin ocultarse y a bordo de un crucero.

Cincuenta años después, al frente de una asociación de veteranos de guerra, Jakimov reclama al Kremlin el estatuto de “veterano del frente” para los 2,500 participantes de la operación Anadyr aún vivos. El gesto significaría un aumento de 1,000 rublos (25 euros) en su jubilación.

“Aunque no haya habido combates, contribuimos a evitar la 3ª Guerra Mundial”, afirma el ex oficial del ejército soviético.

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