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La administradora de emergencias

Bien entrado su tercer día consecutivo en el búnker del Centro de Operaciones de Emergencia de Miami-Dade, Michele Baker sintió finalmente que Andrew estaba acabando con ella.

Como administradora de operaciones de emergencia, ella había dirigido la mayor evacuación en la historia del estado, pero el embate de problemas que lo siguieron resultó interminable. Ella estaba descalza, con los pies demasiado hinchados para que le cupieran en los zapatos de tantas horas de estar de pie. Apenas se había tomado un pestañazo en lo que acabaría siendo un turno de 72 horas.

Baker, quien entonces tenía 30 años, pidió a un empleado que la ayudara con una llamada sobre residentes atrapados en un hogar de ancianos. El no tenía idea de qué podían hacer. Fue ahí cuando se dio cuenta de la enormidad de la catástrofe. Ella se excusó un momento, se encerró en la ducha y tuvo un “mini-ataque de nervios” en privado. Luego volvió al trabajo.

“No se puede pasar 72 horas con un estrés como ese y no llegar a tu punto límite”, dijo Baker, quien ahora es subadministradora principal del Condado Pasco. “Para mí, ese fue el punto límite”.

Andrew, el huracán más destructivo en la historia de Estados Unidos hasta la llegada del Katrina en el 2005, abrumó a los administradores de emergencias. No había planes para distribuir comida, agua o hielo. No había suficientes agentes de policía para proteger las calles y las tiendas. Nadie se había entrenado ni había hecho planes para un desastre de semejante magnitud.

La ayuda estatal y federal llegó con cuentagotas hasta que la directora de manejo de emergencias de Miami-Dade Kate Hale, la jefa de Baker, se paró en una silla en una conferencia de prensa e hizo su famosa súplica: “¿Dónde carijo está metida la caballería en esta batalla?”

Aun cuando la ayuda exterior empezó finalmente a llegar en mayor cantidad, los administradores de emergencias se vieron forzados a improvisar las reglas por el camino, estableciendo las bases de una reforma a nivel nacional de la respuesta a los desastres provocada por el Andrew.

Baker tiene un recuerdo muy impreciso de muchas decisiones tomadas en esos primeros días. Durante meses, ella tuvo vívidas pesadillas sobre “trabajar en la tormenta”, tratando de resolver problemas, mirando mapas. Su hija, dijo, cuenta divertida la vez que tocó a la puerta del cuarto de su madre mientras ella dormía. “Yo le dije: ‘No puedes entrar. Tengo a mucha gente aquí’. Yo tenía muchas reuniones en sueños”.

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