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La muerte del soldado Restrepo

Junto con [el sargento Brendan] O'Byrne había dos soldados y un paramédico militar llamado Juan Restrepo. Restrepo nació en Colombia, pero vivía en la Florida y tenía dos hijas. Ceceaba un poco, se cepillaba los dientes compulsivamente y tocaba guitarra clásica y flamenco. Una vez en el cuartel se presentó borracho [al entrenamiento], pero pudo correr las dos millas en 12 minutos y medio y hacer 188 abdominales. Si había una forma segura de impresionar al Segundo Pelotón, era ésa. (Fragmento de War, de Sebastian Junger, Twelve Press, 2010.)

Durante 20 años y nueve meses, Juan Sebastián Restrepo fue el hijo de Gloria Marcelo Pardo; el mejor amigo de Jorge A. González; durante siete meses, el padre de una niña llamada Ariana y durante un año y cinco meses paramédico del Ejército de Estados Unidos.

Ahora, gracias a un documental que ganó un premio, su nombre es sinónimo de la compleja guerra de Estados Unidos en Afganistán.

El 22 de julio del 2007, Restrepo, de Pembroke Pines, murió en una escabrosa colina a 7,000 millas de su casa, en el Valle Korengal, en el este de Afganistán: una trampa mortal llena de talibanes donde casi 50 soldados estadounidenses perdieron la vida en cinco años de lucha.

Dos meses antes, el Segundo Pelotón, los Espartanos, establecieron la Base Restrepo en el lugar donde cayó: "La base más vulnerable en el valle más disputado en todo el sector controlado por Estados Unidos americano'', escribió Junger.

El y el fotoperiodista Tim Hetherington pasaron la mayor parte de un año allí y luego escogieron el nombre de la base para un documental sobre la vida de los soldados en combate.

Restrepo: One Platoon, One Year, One Valley, un documental que ganó el Gran Premio del Festival de Cine Sundance, se presenta en los 24 cines de AMC Aventura el 23 de julio --tres años y un día después de la muerte del soldado de primera clase Juan Sebastián "Doc'' Restrepo, segundo pelotón, Compañía Battle, segundo batallón, Regimiento de Infantería de Paracaidistas 503, Brigada de Paracaidistas 173.

Recientemente, Marcela, como todo el mundo llama a Pardo, conoció a Junger en el Hotel Biltmore en Coral Gables. Le pidió que le describiera exactamente cómo había muerto su hijo.

Junger no estaba con el segundo pelotón ese día, pero había entrevistado a soldados que estuvieron allí. Dijeron que la patrulla de Juan fue emboscada. Recibió dos impactos de bala. Uno le atravesó la garganta. Esquivando el fuego enemigo, sus compañeros salieron a rescatarlo. Murió desangrado en un helicóptero de rescate.

Lo condecoraron con la Estrella de Bronce, el Corazón Púrpura, la Medalla Nacional de Servicio de Defensa, la Medalla de Campaña de Afganistán, la Medalla de la Guerra Mundial Contra el Terrorismo, la Cinta de Servicio en el Ejército, la Cinta de Servicio en el Extranjero, la Chapa de Paracaidistas y la Chapa de Paramédico de Combate.

Junger comprende por qué una madre quiere conocer todos los detalles.

"La información ayuda a digerir la tragedia'', señaló. "Se crea un agujero negro. Uno tiene un hijo y de repente se va''.

Pudo darle este consuelo: "No murió solo. Murió rodeado por su "familia''.

En zonas aisladas y peligrosas, el pelotón es la familia, y desde el 2005 hasta abril del 2010, no hubo ningún lugar más aislado y peligroso que Korengal, un punto de tránsito para los talibanes paquistaníes y base de operaciones par el liderazgo de Al Qaida.

Pocos soldados eran más admirados que Restrepo "porque era valiente bajo el fuego y absolutamente comprometido con sus hombres. Si uno estaba enfermo, el hacía la guardia'', escribió Junger. "Si estaba deprimido, lo visitaba y tocaba la guitarra. Se ocupaba de sus hombres de todas las formas posibles''.

"Lo queríamos como a un hermano'', le dijo el sargento Miguel Cortez a Junger.

En vida fortaleció su vínculo; en la muerte su compromiso.

"Cuando los muchachos construyeron la base'', unos 700 pies por encima de la Base Phoenix del segundo pelotón, "los talibanes del valle no se lo podían creer'', explica en el documental el capitán Dan Kearney. "Cuando se dieron cuenta de que no podían destruir la Base Restrepo, nos anotamos un punto de ventaja''.

En dos años de operaciones, la Base Restrepo llegó a albergar entre 15 y 20 soldados a la vez. Inicialmente fue un simple hueco en la tierra, creció hasta convertirse en un puesto de sacos de arena, lona y plywood sin agua corriente, alimentado por generadores y protegido por grandes enormes sacos llenos de piedra.

Se parecía mucho a lugares donde Juan había pasado sus últimos meses, aunque nada parecido a Pembroke Pines.

Desde 1999 hasta que se alistó en el Ejército a principios del 2006, Juan vivió en la cuadra de los 19300 de la Calle 5 de suroeste. Tiene un hermano mayor, Iván, y uno menor, Pablo.

Nacido en el pequeño poblado colombiano de Nieva, Juan se naturalizó estadounidense, como su madre. Tenía 2 años cuando sus padres se separaron, después de lo cual vio poco a su padre, neurólogo pediatra en Colombia.

En 1993, Marcela, terapista física, trajo a Juan e Iván a Miami Gardens. Dos años después se mudó a Pines, se volvió a casar y se divorció.

Juan cultivó una segunda familia: su mejor amigo, Jorge González, sus padres, su hermano pequeño y otros familiares. Esta unida familia de italaloamericanos y mexicoamericanos que llegaron de Brooklyn vivían cerca de su casa.

Juan y Jorge no se separaban, desde tocar en un grupo musical en un garaje hasta practicar boxeo.

Juan, que aprendió a tocar guitarra solo, resultó ser tan bueno que podía dar lecciones. Fanático del fútbol, jugó con la idea de hacerse profesional.

Ahorraba todo lo que ganaba y nunca le pedía nada a su madre, Marcela.

"Una vez vi que tenía un hueco enorme en la suela de un zapato'', recuerda Marcela. ‘‘No me dijo nada porque no quería que yo gastara dinero. Usó una plantilla de cartón. ¿Puede imaginarse?".

Fanático de la cultura física, nadaba en la piscina en medio del invierno y hacía planchas contra la pared en medio de una conversación.

"Pensaba que era Superman'', dijo Marcela, y parecía no tener dolor cuando se fracturó un brazo, una pierna y la clavícula mientras montaba una patineta.

Cuando Janice González conoció a Juan Restrepo no estaba segura si le caía bien. Era tan amable que pensó que algo andaba mal; ningún chico que ella conociera decía ‘‘señora'' o "señor'' y había que pedírselo más de una vez para que se quedara a cenar.

Eso cambió rápidamente.

"Juan no sólo nos caía bien. Lo adorábamos'', dijo. "Tenía una sonrisa contagiosa. Agradecía todo lo que hacíamos por él. Si uno de le daba un dólar era como si le diera un millón''.

Entraba y salía por la ventana de la habitación de Jorge y se echaba a dormir en el suelo.

No paraba de hacer maldades.

Juan "saltaba en la patineta desde el techo'', expresó Janice. "Regresaba a casa y tenía el tobillo vendado: ‘Sí, mamá, salté de un techo' ''.

Los muchachos estaban todavía en secundaria cuando los reclutadores militares comenzaron a dar vueltas, pero tanto Marcela Pardo como Janice González se negaron de plano a que se alistaran.

Un sargento del Ejército "trataba de decirme que era lo mejor para Jorge y Juan'', apuntó Janice. "Le dije: ‘Ustedes van a usar a mis muchachos como carne de cañón, así que por mi parte, ninguno de los dos se alistará. Y si tratan de hacerlo les voy a romper las piernas''.

Pero Juan sabía que esa sería la única forma de lograr su meta.

En una tarea de Redacción en la escuela intermedia, escribió que "siempre quiso ser médico porque su padre y su abuelo eran buenos médicos, y mí me gusta a ayudar a los demás''.

Cuando se graduó de la secundaria Flanagan en el 2004 no había dinero para estudiar en la universidad. Así que Juan regresó a Colombia, donde impartía clases de guitarra, estudió violín clásico y embarazó a una muchacha.

Cuando regresó a Broward en el otoño del 2005, decidió alistarse.

Juan se enroló el 22 de febrero del 2006. Su madre cree que "lo hizo porque no quería que gastara dinero en él''.

Ella pregunta: "¿Qué puedo decir? Yo le dije: ‘Es tu decisión'. Pero no estuve de acuerdo porque me opongo a la guerra y yo sabía que él iba a la guerra''.

Janice González todavía no sabía nada cuando Juan partió para el entrenamiento básico y la Escuela de Paracaidismo en Fort Benning, Georgia.

Jorge dijo que justo antes de que marcharse a Vicenza, Italia, el 22 de noviembre del 2005, Juan hizo un viaje rápido a Colombia para el nacimiento de su hija.

A comienzos del 2007, el Ejército envió a Juan a Alemania para capacitarlo como paramédico de combate. No podía decir mucho al respecto, pero al final le dijo a su familia: "Me están enviando al cajón de arena''.

Marcela Pardo se sintió aliviada cuando supo que estaba en Afganistán.

"Pensé que era más seguro que Irak. Estaba contenta y él iba a estar bien porque era el paramédico y estaba ayudando a la gente''.

El 18 de julio del 2007 a eso de las 8 p.m., sonó el teléfono en casa de Marcela Pardo. En Afganistán ya era el 19: su cumpleaños 47.

Marcela recuerda que le dijo: "Mami, te quiero mucho, pero no puedo soportarlo más'. No puedo olvidar esas palabras. Fue muy duro para él. Cualquier ruido lo despertaba''.

Al día siguiente llamó a Jorge. Eran las 2 a.m. en Pembroke Pines.

"Estaba medio dormido'', dijo Jorge. "Recuerdo escuchar su voz y preguntarle si había pasado algo. Dijo algo así como que todos los días les disparaban. ‘No pensaba iba a ser así. Es todos los días. Todos los días'. Era casi como un disco rayado''.

Fue el 22 de julio del 2007, un domingo por la tarde. El guardia de seguridad del residencial llamó por teléfono a la casa de Marcela Pardo. Varios militares se dirigían a su casa.

"Así fue que me enteré'', dijo ella. "No le dije nada a mi mamá, yo tenía un novio, así que le dije que viniera conmigo, porque yo sabía''.

En la entrada de la casa se encontró con "un joven y un capellán''.

"Cuando vi [al joven] le pregunté, ‘¿Mataron a mi hijo? Yo sabía que había muerto... le dije en español a mi mamá que lo habían matado. El muchacho casi lloró cuando me lo dijo. Se le podía ver en la cara''.

" ‘Yo quiero que tú seas él', le dije. ‘Yo quiero que tú seas Sebastián' ''.

Luego llamó a Jorge, quien pensó de inmediato en Ariana.

"Lo irónico de esta situación es que, si uno conocía a Juan, sabía que sentía mucho no tener un padre'', dijo Jorge. "Decía que nunca, nunca, nunca, le iba a hacer eso a su hijo''.

Tras la muerte de su hijo, Marcela Pardo dijo que la "vida se le viró al revés''. Le pidió al Ejército que enviaran el cadáver de su hijo a Colombia, y así fue.

El Ejército, agregó, "se portó de maravillas''.

La familia dejó la casa, que se vendió recientemente. Ella pasó dos meses en Bogotá antes de regresar a Broward.

El Día de los Veteranos de Guerra del 2007, en una ceremonia auspiciada por el Local 36 de la Legión Americana, Pardo colocó un adoquín inscrito con el nombre de su hijo en la calle Riverwalk de Fort Lauderdale.

Cuando habla de Juan Sebastián, Pardo pasa de la sonrisa al llanto en segundos. Ha derramado incontables lágrimas pensando en las preguntas eternas, como quién tiene la culpa y si el sacrificio de su hijo valió la pena.

Y en medio de un encendido debate nacional sobre la inmigración, si es que alguien se da cuenta de que Juan Sebastián Restrepo murió al servicio de una bandera adoptiva.

"El adoraba a este país'', dijo la madre.

Pero decidió enterrarlo en Colombia. Cualquier otra cosa, habría sido "otro trofeo para George Bush'', quien envió su hijo a la guerra.

Ella llora, no sólo por Juan Sebastián, sino por todos los muchachos que han peleado y han muerto, allá y acá.

"Los muchachos regresan y se suicidan, ellos son los verdaderos héroes. Debemos respetarlos a todos''.

Se alegra de que las muertes de civiles afganos en Korengal han disminuido drásticamente. Y ha perdonado "al muchacho'' que mató a su hijo.

"No los veo como asesinos, terroristas. Fue otro muchacho''. El 15 de abril del 2010, The Washington Post reportó que la madrugada del día anterior la presencia de Estados Unidos en el Valle Korengal "terminó abruptamente. . . Docenas de helicópteros de carga se llevaron los equipos. El miércoles por la mañana los últimos estadounidenses se habían marchado''.

El mando militar había llegado a la conclusión que las bases de avanzada como la de Restrepo no valían el costo en vidas.

Fue, señaló el Post, "como si los cinco años de tiroteos y emboscadas casi incesantes hubieran sido un malentendido, un malentendido trágico y sangriento''.

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