Nation & World

1980: el año en que cambió Miami

Angela Martínez recuerda las calcomanías en los carros: Will the Last American to Leave Hialeah Please Bring the Flag (‘‘Que el último americano en salir de Hialeah por favor traiga la bandera'').

Empezaron a aparecer en la defensa de los carros, los postes de la luz, los baños públicos, y resumían lo que algunos consideraban el fin apocalíptico de la calidad de su vida, provocado por la llegada en masa de cubanos y haitianos en 1980 y la elección de cubanoamericanos, como el esposo de Angela, Raúl, a altos puestos en elecciones con fuertes antagonismos étnicos.

"Yo me disgustaba mucho'', dice Martínez. "Cuando la Florida se dividió en este y oeste bajo la dominación española en 1816, mi tatarabuelo, José Callava, era gobernador de la Florida Occidental. El fue el que le entregó la Florida al general Jackson. El era español, y de aquí se fue a Cuba. Así que yo les decía: ‘Yo estaba aquí antes que ustedes' ''.

El telón de la historia se levanta de nuevo en 1980 y muestra una región que sufría un cambio doloroso y tumultuoso, en lo que muchos recuerdan como el año más extraordinario en la historia del sur de la Florida. Se libraron batallas --algunas a gritos, otras violentas-- que definieron, impugnaron y acabaron por acelerar la aparición del Miami cosmopolita del siglo XXI, una región que ahora se promueve y celebra como La Puerta de las Américas, pero que hace 30 años era víctima de tensiones étnicas y raciales.

Lo que fue 1968 para la nación y para el mundo --un año de trastorno social y violentas protestas--, fue 1980 para Miami. Si 1968 fue "el año que estremeció al mundo'', entonces 1980 fue el año que estremeció a Miami con una cadena de sucesos tempestuosos: el Exodo del Mariel, los disturbios de Liberty City, un referendo condal sobre el bilingüismo que inflamó pasiones y enfrentó a unos vecinos contra otros.

"Ese año nos hizo a todos reconcebir a Miami'', afirma el esposo de Angela, Raúl, quien en 1981 se convirtió en el primer alcalde cubano de Hialeah, destronó a Dale Bennett y derrotó al veterano concejal Jack Weaver en unas reñidas elecciones en las que pesaron los sucesos de 1980 y las divisiones que siguieron sobre inmigración y bilingüismo.

Durante la campaña abundaron los rumores de que Martínez se proponía obligar a todos los empleados municipales a vestir de guayabera en el trabajo y declarar el español idioma oficial. Tras su victoria, las calcomanías empezaron a circular, y a principios de los años 80 la versión miamense de "El último americano que...." se convirtió en parte del paisaje a medida que la presencia hispana en los ayuntamientos se cuadruplicó en algunos municipios y los blancos no hispanos huyeron del condado en grandes números, en lo que se dio en llamar la Fuga Blanca.

"Ese año, 1980, fue cuando Miami se dio cuenta de que no había forma de regresar al viejo Miami en materia de etnicidad'', señala Rafael Peñalver, entonces un joven abogado de Miami que luchó por los derechos civiles de los refugiados del Mariel. "Lo que pasó en 1980 fue un giro, un proceso irreversible''.

Las lecciones de cómo Miami sobrevivió 1980 y, contra toda posibilidad, comenzó a florecer como región multicultural, son de actualidad ahora que la nación se ve arrastrada a otro divisivo debate de inmigración por la polémica ley de Arizona, que convierte en un delito estatal estar allí indocumentado y exige que los inmigrantes legales lleven consigo sus documentos para probar su estatus.

"Miami ya ha pasado los problemas de crecimiento que otros lugares están empezando a experimentar'', dice Peñalver.

Entre abril y septiembre de 1980, la flotilla del Mariel trajo a 125,000 cubanos al sur de la Florida, entre ellos una pequeña pero visible minoría de delincuentes y enfermos mentales enviados por el gobierno cubano. Los primeros haitianos llegaron también ese año. Muchos de los recién llegados se asentaron en enclaves hispanos como La Pequeña Habana y Hialeah, agravando las tensiones ya considerables entre los antiguos y nuevos vecinos.

Antes del Mariel, 60 por ciento de los 140,000 vecinos de Hialeah eran hispanos. Una propuesta ante el Concejo para hacer del español el segundo idioma oficial de la ciudad había fracasado cuatro veces en votaciones divididas de 4 a 3 entre grupos étnicos. Cuando la medida de ofrecer licencias, permisos y formularios de solicitud en dos idiomas fue presentada de nuevo en marzo de 1980 por el concejal Andrés Mejides, el debate se hizo particularmente desagradable.

"¡Aprende inglés!'', le gritaron varios a Mejides, que hablaba inglés con acento.

"¡Cubanos estúpidos!'', gritó otro. "¡Regresen a su país!''

La medida volvió a fracasar, pero eso sólo sirvió de catalizador para que más cubanos se hicieran ciudadanos y se inscribieran para votar, según Mejides y Martínez. Los nuevos ciudadanos, y otros hispanos como los puertorriqueños, que eran ciudadanos de nacimiento y podían votar, hicieron que Martínez triunfara ante Weaver. En la actualidad, el alcalde y los siete concejales son cubanos.

En mayo de 1980, mientras ocurría el éxodo del Mariel, la exoneración por parte de un jurado compuesto sólo de blancos, de cuatro policías que mataron a golpes al motociclista Arthur McDuffie y lo hicieron pasar como un accidente suscitó disturbios violentos en Liberty City. El saldo fue de 18 muertos, cientos de heridos, negocios saqueados y una comunidad agitada por la indignación y el dolor.

"La década de 1980 fue algo grande'', dice Retha Boone-Fye, directora de la Junta Asesora de Asuntos Afroamericanos en la Oficina de Defensa Comunitaria de Miami-Dade. ‘‘Ese fue el momento en que el Miami negro se hartó''.

Las tensiones de ese año culminaron en la convocatoria a un referendo condal en noviembre para prohibir el uso de fondos gubernamentales para traducir documentos oficiales. Iniciado por Emmy Shafer, vecina de North Miami, el tema y la campaña resultante enfrentó a los que sólo hablaban inglés contra los hispanoparlantes y los habitantes bilingües en una pelea pública que con frecuencia fue ofensiva y llena de odio, particularmente en la radio.

En 1980, los hispanos de Dade eran 41 por ciento de la población, pero menos del 25 por ciento de los votantes inscritos. La ordenanza antibilingüe fue aprobada abrumadoramente y el debate sobre si Miami-Dade podía traducir documentos como solicitudes, panfletos de hospital e incluso los carteles del Metrozoo, continuó durante 13 años.

A nivel de condado, el voto antibilingüe tuvo el mismo efecto que en Hialeah.

Cubanos de todo el condado se nacionalizaron en grandes cantidades y se inscribieron para votar. Las campañas políticas reflejaron la división y los candidatos polarizaron todavía más a la población con el lema de "cubano vota cubano'' en las influyentes ondas de la radio cubana de Miami.

"Todos esos temas salieron a la superficie en 1980 y todos estaban relacionados'', dijo Eduardo Padrón, presidente de Miami Dade College, entonces presidente de la Liga Hispana contra la Discriminación. "Pero también fue el año en que Miami empezó a buscar su identidad. A pesar de las heridas, fue el comienzo de los esfuerzos para apaciguar el resentimiento''.

¿Cómo se las arreglaron los miamenses para superar esos problemas?

Los líderes cívicos organizaron foros comunitarios que trajeron a la mesa de discusiones a representantes de los tres grupos --cubanos, afroamericanos y blancos no hispanos-- para debatir los temas divisivos. Se forjó una coalición de 71 miembros llamada Greater Miami United, dirigida por tres figuras clave: Padrón, entonces vicepresidente de Miami Dade College; la entonces comisionada municipal Athalie Range, respetada líder de la comunidad negra; y Richard W. McEwen, presidente de la junta directiva de Burdines.

McEwen y Range fallecieron, pero Padrón recuerda un momento esencial de sanación en que Range admitió que los cubanos recién llegados no habían arrebatado empleos a los negros, como creían muchos en la comunidad afroamericana, porque esos empleos "nunca se les habían ofrecido a los negros''.

"Fue un momento positivo de comprensión'', dice Padrón.

También fueron importantes los esfuerzos de los influyentes congresistas de Dade Dante Fascell, Claude Pepper y Bill Lehman por traer fondos federales a Miami-Dade para hacer frente a las consecuencias del éxodo del Mariel y los disturbios de Liberty City.

Hubo líderes religiosos que desempeñaron un papel importante, hablando a las congregaciones y grupos étnicos judíos y católicos con un mensaje de reconciliación, principalmente el difunto monseñor Bryan Walsh y Arthur N. Teitelbaum, director de la zona sur de la Liga Contra la Difamación.

"Mucho ha cambiado en el nivel de comprensión entre los diversos grupos'', sostiene Padrón. "Hoy hay mucha más comprensión. Eso no quiere decir que no haya diferencias --no creo que eso acabará nunca--, pero hay una discusión más cortés de los problemas y la gente sabe que puede encontrar los canales adecuados para dirimir sus agravios''.

Los disturbios llamaron la atención sobre la desigualdad y la privación de derechos civiles que sufrían muchos en la comunidad negra. Como resultado de ello se crearon varias iniciativas para desarrollar áreas pobres, mejorar las relaciones entre la población y el gobierno y dar a la gente un mayor acceso al proceso de toma de decisiones.

El reverendo Willie Sims, que fue nombrado a la Junta de Relaciones Comunitarias como enlace con la gente de Liberty City, fue uno de los pacificadores.

Su mensaje era polémico: "No se puede cambiar el sistema encolerizándose contra el sistema y tirando piedras desde afuera. Si está molesto, llevar esa cólera al sistema no resuelve las cosas. Eso es lo que yo hice; yo me enfrenté al sistema desde dentro. Conseguí que me escucharan los que están en el poder y a quienes conocía: el alcalde, el jefe de la Policía, el director del periódico, el Non-Group [un grupo de líderes cívicos y de negocios que se reunía en privado para discutir problemas y soluciones]''.

Uno de los temas más divisivos fueron las virulentas campañas políticos que se batallaron entre grupos étnicos.

El abogado Andrew Rosenblatt, ex reportero de The Miami Herald, fundó el Comité de Prácticas Justas de Campaña de Dade, un grupo de voluntarios que supervisaba las campañas para evitar críticas desmedidas a los opositores sobre la base de su raza, etnicidad, preferencia sexual o religión. Rosenblatt pidió a otro respetado abogado, Parker Thomson, que fuera su primer presidente.

Thomson, por su parte, reclutó para el comité a prominentes republicanos como Jeb Bush y demócratas como Peñalver, quien más tarde lo presidió. Se pedía a los candidatos políticos que firmaran un compromiso de mantener sus campañas limpias y los que fueron sorprendidos en prácticas cuestionables fueron reprendidos en público.

"Les pedíamos que asistieran a un desayuno y censurábamos a las personas que pensábamos que se habían pasado de la raya'', dice Thomson. "No éramos tan ingenuos que pensáramos que podíamos cambiar la manera en que la gente vota por una persona o una plataforma, pero lo más divisivo y dañino en esta ciudad tan poco dada a la docilidad fue que la gente pidiera votar sobre esa base [grupo étnico y raza]. Creo que tuvimos un éxito razonable en echar esas cosas a un lado''.

Demoró 13 años, pero en 1993 la ordenanza antibilingüe fue derogada por una votación unánime de la Comisión del Condado.

Un mandato de un tribunal federal había cambiado el sistema político de Dade, obligando a celebrar elecciones en distritos que ampliaron la Comisión del Condado. Seis hispanos, cuatro negros y tres blancos no hispanos en la Comisión votaron unánimemente para derogar la ordenanza.

"Miami es una ciudad prodigiosa'', dice Padrón. "Con todo lo que ha pasado aquí, se pensaría que iba a haber una verdadera explosión, pero hemos sanado y todo ha tomado su rumbo''.

Thomson concuerda.

Tras la turbulencia de la década de 1980 los sudfloridanos se acostumbraron a la realidad --y las oportunidades-- de una Miami multicultural y multilingüe, dice Thomson.

"Miami va a seguir así y el lado positivo de eso es una comunidad con mucha energía positiva'', apunta.

Thomson también participó en otro campo que serviría de puente entre las comunidades: las artes. Durante 20 años encabezó iniciativas para construir en Miami un centro de artes escénicas de nivel mundial que reflejara la naturaleza multicultural de la ciudad en su programación.

"La vida cultural fue uno de los elementos de sanación'', dijo Thomson.

¿Consideró alguna vez abandonar cuando las relaciones entre los grupos étnicos empeoraron?

"No'', dice Thomson sin pensarlo dos veces, "Miami es la comunidad más apasionante e interesante de Estados Unidos''.

Por su parte, Angela Martínez se ha reconciliado con la rencorosa batalla de Hialeah.

"A veces me da pena con los americanos'', dice. "Cuando uno viaja al extranjero y va a un país como China y no entiende nada, uno siente pena de verdad por los americanos en Miami. Ahora uno sabe por lo que pasaron. La diferencia es que uno está viajando de vacaciones, mientras que ellos viven aquí.

"Pero, de todos modos'', agrega, "no se deben tener prejuicios contra el vecino''.

En cuanto a la bandera estadounidense en Hialeah, ondea al viento por toda la ciudad: en el techo del restaurante Puerto Gallego, junto a las banderas de España y de Cuba, y más al sur en Palm Avenue, donde una docena de banderas americanas flanquean una pequeña agencia de venta de carros usados como si las estrellas y las franjas estuvieran allí para afirmar la realización de un sueño.

Y la bandera recubre la fachada de la casa de Andy Mejides, quien en 1971 se convirtió en el primer cubano electo al Concejo de Hialeah.

"La Cuba que amamos y perdimos ya no existe'', indica Mejides.

"Esta es nuestra casa'', expresa su esposa, María. "Somos americanos''.

  Comments