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Programa escolar ayuda a los hijos de migrantes campesinos a graduarse

La delgada joven vestida con una toga blanca dice que su mamá está en camino y se muerde el labio.

En esta ruidosa fila de jóvenes junto con sus orgullosos padres, María Sánchez tomó el último lugar.

"Mi hermana me llamó, ya mero llegan'', dijo Sánchez, levantándose en puntillas mientras la fila se acortaba.

Para jóvenes como ella, la ceremo-nia que estaba a punto de empezar la noche del jueves era de gran impor-tancia. Fue su momento de gloria, una celebración para estos hijos de campe-sinos migrantes en Miami-Dade que en pocas semanas se graduarán de secundaria.

La mayoría de unos 120 jóvenes que se presentaron en el salón de fiestas Signature Gardens, en Miami, viven y estudian en el sur del condado, donde sus padres trabajan recogiendo frutos en los campos o cuidando los viveros. Muchos de los chicos crecieron siguiendo la cosecha, yendo de escuela a escuela y trabajando durante las vacaciones con sus padres en los campos del sur de la Florida, Georgia y Texas.

"Más que nada, es una noche espe-cial para los padres'', dijo Cip Garza, director del programa de educación para migrantes del condado.

Es una noche fuera de lo normal para muchos de estos padres, la mayoría inmigrantes de México y Centroamérica. Algunos obviamente incómodos con sus corbatas en este lujoso salón. Todos felices.

"Imagínate, nuestra primera niña'', dijo Emma Reyes, la madre de Wendy, que creció en Homestead.

Reyes, una mexicana, habló con gratitud sobre el programa que provee ayuda escolar, económica y de consejería para que los hijos de migrantes en el condado puedan graduarse.

"Si no fuera por este programa estuviéramos más perdidos que un náufrago en el mar'', dijo Reyes.

Este año, 172 de estos jóvenes se gradúan de secundaria en Miami-Dade, según Garza. En total, hay 2,000 hijos de trabajadores migrantes estudiando bajo el programa iniciado hace 26 años.

Garza menciona como ejemplos de éxito del programa a jóvenes como Sánchez, que se gradúa con un promedio de 5.31 de School for Advanced Studies, donde los estudiantes toman cursos avanzados para ganar créditos a nivel universitario. Los alumnos de esta escuela también toman clases en el recinto de Homestead de Miami-Dade College.

"Este año tomé cursos avanzados de economía, literatura inglesa, gobierno y cálculo'', dijo Sánchez, la penúltima de siete hermanos.

Alrededor del 40 por ciento de sus compañeros continuará su educación al nivel universitario después de la graduación, según funcionarios relacionados con el programa.

Sánchez lo piensa hacer, también, pero paso a paso. Al estar ilegalmente en Estados Unidos debe pagar más por la matrícula universitaria.

Sus padres la trajeron de México cuando tenía un año. Se calcula que más del 60 por ciento de los que trabajan en la agricultura en Estados Unidos están aquí ilegalmente, de acuerdo con diferentes fuentes.

"Me interesa mucho la política. Quiero ayudar a la gente, ser activista o algo'', dijo Sánchez. "En algunos momentos pienso que pudiera ser congresista o algo, pero luego me pega la realidad y recuerdo que ni soy ciudadana''.

Garza comentó que historias como estas lo llenan de tristeza.

"Después de guiarlos y decirles que todo el mundo está adelante, y que han hecho todo correctamente, no puedo hacer nada para ayudarles'', dijo Garza. "Son historias sin un final feliz''.

Pero el jueves toda la tristeza quedó a un lado. Asistieron más de 600 personas, entre ellas muchos maestros que han visto crecer a estos niños hasta convertirse en jóvenes. De un escenario en el centro del salón colgaban las ban-deras de Estados Unidos, México y el Condado de Miami-Dade.

El evento fue organizado por el Concilio Mexicano-Americano y el Sistema Escolar del Condado de Miami-Dade.

La ceremonia tenía un aire de fiesta quinceañera. Los padres acompañaban a sus hijos en una entrada triunfal bajo los acordes de una marcha.

Sánchez caminaba sola en la fila, esperando su turno. Hubo un accidente en el Florida Turnpike, dijo, y su mamá todavía no llegaba.

Richard Albaugh, un maestro que ha trabajado en el programa por 25 años, estaba en el umbral de la puerta, dirigiendo la entrada al salón de los ansiosos jóvenes y padres.

"Di la vuelta y vi su cara'', recordó Albaugh. ‘‘Como que estaba diciendo que no quería preguntar pero tampoco quería entrar sola''.

Hasta que ya no se podía esperar un segundo más.

Y entonces, Albaugh le dio el brazo y la llevó hasta el salón.

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