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Titánicos esfuerzos contra derrame petrolero

Mientras proseguían los titánicos esfuerzos por contener la marea negra en las frágiles costas de Louisiana, el presidente Barack Obama inspeccionó el domingo la zona afectada por el vertido de crudo en el Golfo de México y alertó que se trata de "un enorme desastre ambiental y quizá sin precedentes''.

En la Florida, trabajadores en la Estación Aérea Naval de Pensacola, con cascos y chalecos de seguridad, estaban listos para llevar a las costas camiones diseñados para absorber cerca de 70 barriles de petróleo cada uno.

"Todavía nos estamos organizando'' comentó Joshua Mitchell, el supervisor del área de ensayo. "De esta manera, si el petróleo llega hasta aquí, estamos listos para enfrentarlo''.

Durante su visita el presidente Obama sostuvo que la petrolera BP es la responsable del vertido y que la compañía británica "va a pagar la factura''.

Su viaje se produjo en un momento en el que arrecian las críticas por la lenta reacción del gobierno federal ante un desastre ecológico. Ante esto, Obama prometió que su administración "hará lo que sea necesario durante el tiempo que sea necesario''.

La mancha, con una superficie de casi 10,000 kilómetros cuadrados -- tan grande como la isla de Puerto Rico -- comenzó a ennegrecer los humedales de Louisiana y a cubrir de crudo las aves y otra vida salvaje. Algunos expertos temen que las corrientes marinas transporten el crudo hasta el sur de la Florida.

En Perdido Key, uno de los parches más occidentales de tierra en la Florida, los residentes de la comunidad balneario dedicaron el fin de semana a limpiar las playas, sacando colillas de cigarrillos manchadas con lápiz labial, tapas de botellas y vasos plásticos, en un un frenético esfuerzo por eliminar los residuos que podrían convertirse en contaminantes cubiertos de petróleo.

A lo largo del Panhandle, pueblos cuyos medios de vida, historia e identidad están inextricablemente vinculados a las playas y las bahías, se preparan para lo que promete ser un desastre económico y ambiental.

"Es como la espera de un huracán; el mismo tipo de ansiedad'', explicó Charlene Schultheis, nativa de esta región. "Pero una vez que un huracán arremete, te levantas, limpias y reconstruyes. Con este derrame, no sabes cuánto va a durar. Cada día puede traer más y más''.

En una entrevista con NBC, el secretario del Interior Ken Salazar advirtió que podrían demorar tres meses las tareas para detener la fuga de crudo de la boca del yacimiento, a 1.5 kilómetros de profundidad.

"El panorama es un panorama muy grave'', declaró Salazar. "Potencialmente esto podría demorarse 90 días antes de que se llegue a una solución definitiva, que es la perforación de un pozo de alivio 3.5 millas (4.8 kilómetros) debajo del suelo oceánico'.

Dicha solución implica la construcción de un pozo alternativo a través del que se inyectaría un líquido más pesado que el petróleo, el cual actuaría como una suerte de tapón e impediría que el crudo siguiese fluyendo a la superficie, informaron las autoridades.

El derrame se originó por la explosión de la plataforma Deepwater Horizon el 20 de abril, arrendada por British Petroleum (BP), que mató a 11 trabajadores. Dos días después, la plataforma se hundió.

Lamar McKay, presidente de BP, rechazó las críticas de las que ha sido blanco la compañía y defendió sus medidas de seguridad y pronta respuesta a la catástrofe. Confirmó que "una falla de equipo'' fue la culpable del derrame.

En una entrevista el domingo con ABC, el ejecutivo indicó que en seis u ocho días podría colocarse sobre el yacimiento en el lecho oceánico una caja de metal y granito de 74 toneladas, que mide 40 pies de alto y 24 pies de ancho.

"Como pueden imaginar, esto es como practicar una operación quirúrgica a corazón abierto a 5,000 pies de profundidad, en la oscuridad, con submarinos robóticos'', especificó McKay.

El domingo, la Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) restringió la pesca por un mínimo de 10 días en las aguas afectadas por el derrame de crudo, principalmente entre Louisiana, la desembocadura del Río Mississippi y la Bahía de Pensacola.

Prevenidos de que el chapapote llegaría a mediados de semana, muchos residentes de los poblados costeros noroccidentales de la Florida echaron sus cañas o navegaron sobre las furiosas olas, sin saber cuándo podrán pescar o navegar de nuevo. Otros asistieron a un festival de mariscos como si fuera el último. Y los propietarios de los hoteles respondieron llamadas de turistas cancelando sus reservaciones de verano.

"Hemos estado llenos durante días'', señaló Michelle Jones, cantinera de Flora-Bama, un bar en Perdido Key. "La gente viene aquí para ver estas hermosas playas, porque quién sabe lo que sucederá. Puede que regreses y no haya ni peces ni plantas ni arena blanca''.

Historia complementada con servicios de El Nuevo Herald e información de la reportera Audra D.S. Burch de The Miami Herald.

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