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El Mariel: pro a la libertad

Era el 3 de abril de 1980, pocos días antes del inicio del Puente del Mariel, y altos funcionarios de la administración de Jimmy Carter se habían reunido para discutir la turbulenta situación en Cuba.

Una avalancha de exiliados había regresado a la isla por primera vez llevando a sus parientes desde pantalones vaqueros hasta goma de mascar, dejando en evidencia que la revolución de Fidel Castro sólo había conseguido empobrecerlos a ellos y al país.

El mismo Castro había confesado ante la Asamblea Nacional que la economía estaba en crisis, afrontando îîdificultades muy, muy reales'' que incluían escasez de créditos extranjeros, alimentos y electricidad.

Diez grupos en busca de asilo habían estrellado automóviles y autobuses contra las rejas de las embajadas de Perú y Venezuela en La Habana, y un número cada vez mayor estaba secuestrando barcos y aviones hacia la Florida. Washington estimaba que hasta 1.2 millones querían irse del país.

Los funcionarios de la administración de Carter acordaron elaborar un plan de contingencia en caso de que Castro abriera sus fronteras a otra emigración masiva como la de Camarioca, que trajo a 5,000 cubanos a Estados Unidos.

Era demasiado tarde.

En los próximos seis meses, más de 125,000 cubanos iban a salir de Cuba por el Mariel, en un éxodo que estremeció los cimientos del régimen, cambió el rostro del exilio cubano y del sur de la Florida y contribuyó a la derrota de Carter por la reelección presidencial.

Actualmente, el Mariel es muchas cosas para mucha gente: el viaje a la libertad, la reunificación familiar, el símbolo de la presencia de los exiliados en Miami y, para los dirigentes políticos en Washington, una seria advertencia.

Para marzo de 1980, Castro ya estaba irritado porque las autoridades estadounidenses no estaban sancionando a los secuestradores de barcos y aviones.

îîNo vamos a tomar medidas contra los que tratan de salir del país ilegalmente mientras Estados Unidos alienta esas salidas ilegales'', advirtió.

Pero el 1ro. de abril, un guardia cubano murió de un disparo cuando dos hombres, una mujer y un niño estrellaron un autobús robado contra las rejas de la embajada de Perú. Castro culpó a los intrusos en realidad, el guardia murió por el fuego cruzado de sus compañeros y exigió su entrega.

Cuando Perú rehusó hacerlo, el 4 de abril, un Viernes Santo, Castro retiró al resto de los guardias y ordenó que unas motoniveladoras derribaran las casetas frente a la embajada. La radio y la prensa anunciaron que las puertas de la embajada estaban abiertas: îîNo podemos proteger embajadas que no cooperan en su protección''.

Un pequeño hilo de nuevos refugiados se convirtió en una verdadera avalancha humana. Para el Domingo de Resurrección, 10,800 cubanos abarrotaban los terrenos de la embajada durmiendo prácticamente unos encima de otros y hasta en las ramas de un árbol de mango, rápidamente desnudado de hojas cuando empezó el hambre.

Sin servicios sanitarios, el mal olor era terrible. La deshidratación, la insolación y la disentería empezaron a hacer estragos.

Una anciana murió en los terrenos y se dice que nació un bebé.

Los guardias cubanos regresaron y cerraron la embajada el domingo por la tarde mientras la prensa cubana denunciaba a los asilados como îîescoria'', îîgusanos'', îîdelincuentes, antisociales y parásitos.''

Funcionarios cubanos ofrecieron salvoconductos para que pudieran regresar a sus casas y esperar una salida ordenada hacia Perú. Unos 4,000 lo hicieron, y muchos fueron golpeados brutalmente por las turbas gubernamentales. Sus carnets de identidad fueron marcados con una îîR'' en tinta azul, cuyo significado era desconocido aunque obviamente negativo.

El 16 de abril, los primeros 250 refugiados de la embajada fueron aerotransportados a Costa Rica para salir de allí a otros países. Perú ofreció tomar 1,000, España y Venezuela 500 cada uno, Costa Rica 300, Ecuador 200, Canadá 300 y Bélgica 150. Inicialmente, el Departamento de Estado describió la crisis como un problema entre Cuba y Perú y sólo ofreció recibir unos 3,500 refugiados de la embajada.

Pero Castro pronto dirigió el chorro de sus descontentos contra Estados Unidos, su vieja némesis.

Le ofreció un acuerdo a Napoleón Vilaboa, un veterano de Bahía de Cochinos y participante en las negociaciones de 1978 que llevaron a la liberación de 3,900 presos políticos: traigan embarcaciones de Miami y por cada refugiado de la embajada que se lleven podrán llevarse a un pariente.

îîHemos terminado nuestra protección de la península de la Florida'', declaró el periódico Granma. îîAhora van a empezar a cosechar el resultado de su política de alentar la salida ilegal de cubanos, incluyendo el secuestro de embarcaciones''.

La radio transmitió repetidas veces la sensacional noticia: todo el mundo puede irse. Simplemente díganles a sus parientes exiliados que los recojan en el Puerto del Mariel, 20 millas al oeste de La Habana.

Sábitamente, los cubanos se preguntaron si los 20 años de revolución habían merecido la pena. Sus parientes y amigos en Estados Unidos tenían automóviles, casas y dinero mientras ellos estaban atrapados en un fallido sistema comunista.

îîCuba está atravesando su momento más convulso en 20 años. Decenas de miles de personas están dejando el país a través del Mariel, cientos de miles de otros están pensando hacerlo y otros cientos de miles están asediando a los que se están yendo'', escribió Wayne Smith, jefe de la misión diplomática en La Habana, en un cable a Washington.

El 19 de abril, encabezados por Ochún, el barco de 41 pies de Vilaboa, por lo menos 30 naves salieron del Río Miami rumbo a Cuba. Los exiliados, jubilosos de poder rescatar a sus parientes y darle un golpe propagandístico a Castro, compraban, alquilaban y, en ocasiones, hasta robaban embarcaciones.

El Puente del Mariel había comenzado.

Dos embarcaciones regresaron del Mariel a la Florida el 21 de abril con 48 refugiados de la embajada, pero sin parientes. El mismo día, unos 60 capitanes de barcos se reunieron en el restaurante 4 de Julio en Cayo Hueso para planificar la siguiente ola.

En el segundo día, otros 35 cubanos llegaron a Cayo Hueso. Al tercer día, 2,746. Para fines de la primera semana, más de 5,000 habían llegado a Estados Unidos, la misma cantidad que en todo Camarioca. Con el pasar de los años, la cifra de llegadas diarias y hasta el total mismo ha ido cambiando.

Mientras tanto, la administración de Carter vacilaba, afectada por el fallido rescate a los rehenes de Irán y atrapada entre la preocupación por la seguridad de los refugiados y el temor a que los exiliados se fueran a sublevar en Miami si ordenaban detener el puente. Y era un año de elecciones en el que Carter tenía que competir con el senador Edward Kennedy por la nominación del Partido Demócrata.

Fue hasta el 22 de abril que el Departamento de Estado empezó a amenazar a los capitanes de barcos con la cárcel, fuertes multas y la confiscación de sus barcos.

Pero mientras Washington hablaba duro, el Servicio Guardacostas estaba remolcando decenas de embarcaciones averiadas de la llamada Flotilla de la Libertad, recogiendo refugiados en el mar y trayéndolos a tierra.

Cuando, en el medio de la crisis, se le preguntó a un funcionario de la administración de Carter si tenían un plan, exasperado confesó: îîNo es posible tener un plan''.

La condiciones en el Mariel eran infernales. Los cubanos que esperaban la salida estaban hacinados en un sucio campamento de tiendas de campañas apropiadamente llamado El Mosquito. Se les registraba y se les quitaban todas sus pertenencias. Cuando los dueños y capitanes de embarcaciones se quedaban sin comida, de tanto esperar por sus pasajeros, tenían que pagar a los funcionarios cubanos $5 por un sándwich de jamón.

Las primeras muertes se reportaron el 29 de abril, cuando los Guardacostas encontraron dos cuerpos en una embarcación naufragada. Otros 14 se ahogaron el 17 de mayo cuando se hundió el yate Olo Yumi, de 36 pies, sobrecargado con 52 pasajeros. Según los Guardacostas, 27 cubanos murieron en el mar durante el Puente del Mariel.

No era extraño que el Olo Yumi estuviera sobrecargado. Las autoridades cubanas repetidas veces obligaban a los capitanes de los barcos a violar sus límites de carga, en ocasiones a punta de pistola. Otros capitanes que querían salir vacíos eran amenazados por los exiliados que los habían contratado.

No todos los pasajeros eran refugiados, sin embargo. Cientos de hombres, con las cabezas rapadas, algunas veces sin zapatos y vistiendo, al parecer, uniformes de prisión, eran forzados a abordar las embarcaciones tras haber sido sacados de las cárceles o de asilos para enfermos mentales.

En un discurso en mayo, un jactancioso Castro prácticamente desafió a Washington a detener el puente.

îîRealmente tenemos un camino abierto'', dijo. îîVamos a ver si lo pueden cerrar''.

Cuatro días después, Carter provocó una total confusión cuando, en una convención en Washington, afirmó: îîContinuaremos abriendo nuestro corazón y nuestros brazos a los refugiados de países comunistas que busquen la libertad''.

El éxodo se incremento aún más y, el 11 de mayo, 4,588 cubanos llegaron a Cayo Hueso en 58 embarcaciones, el día récord para el Mariel.

Posteriormente, Carter dijo que había sido malinterpretado y en un discurso a la nación el 14 de mayo, ordenó una severa represión de las embarcaciones rumbo a Cuba. Carter, que había hecho más esfuerzos que nadie por mejorar las relaciones con Cuba, terminó con el sello de ser un irredimible inocente totalmente incapaz de competir con la astucia de Castro.

Los Guardacostas empezaron a confiscar o detener las embarcaciones con graves violaciones de seguridad, así como las embarcaciones comerciales como camaroneras y, para el 20 de mayo, el movimiento hacia Cuba prácticamente se había detenido.

A mediados de junio, la corriente de refugiados a Estados Unidos se había reducido a un mínimo aunque el Puente del Mariel no terminó oficialmente hasta el 26 de septiembre, cuando las autoridades cubanas ordenaron que partieran vacíos los 150 barcos que todavía estaban en el Mariel.

En total, más de 5,000 embarcaciones trajeron más de 125,000 refugiados a Estados Unidos, incluyendo a 750 menores no acompañados.

Los recién llegados pasaron a través de un red de centros de procesamiento que pronto adquirían notoriedad: El Anexo Truman en Cayo Hueso; la Base Aérea de Eglin, Florida; Fort Chaffee, Arkansas; Ft. Indiantown Gap, Pennsylvania; Fort McCoy, Wisconsin; el Orange Bowl y el Tamiami Park de Miami y el campamento bajo la salida de la I-95 en la calle 7 del SW, al pie de La Pequeña Habana.

En los campamentos, el júbilo inicial se convirtió en amargura por el hacinamiento, las violaciones, las peleas a puñaladas y las largas demoras en la reubicación, en parte responsabilidad de la Agencia Federal para el Control de Emergencias (FEMA).

Hubo protestas en Eglin y Fort Chaffee, y posteriormente otras más violentas en varias prisiones de Estados Unidos, que tenían îîexcluibles'' del Mariel: los 2,745 delincuentes y enfermos mentales que La Habana acordó aceptar de vuelta en 1984. Hasta la fecha, 1,840 han sido deportados a Cuba.

La ola de refugiados del Mariel llegó a Estados Unidos con la velocidad y el impacto de un ciclón.

Se estima que unos 85,000 se asentaron en Miami, que por esa época tenía unos 350,000 habitantes, una mala situación económica y un alto desempleo. El Sistema de Escuelas Públicas del Condado de Miami-Dade afrontaba un déficit de $24 millones.

El representante Claude Pepper, un demócrata por el sur de la Florida, se quejó de estar recibiendo muchas cartas insultantes de sus electores îîy, cada vez más, firmadas''.

Inicialmente, los nuevos refugiados fueron recibidos con alegría pero pronto comenzaron a molestar a los viejos exiliados cubanos así como a los anglos y los afroamericanos.

Eran más jóvenes que las anteriores olas de inmigrantes su edad promedio era de unos 31 años procedentes de clase media y baja, con frecuencia de piel más oscura. Algunos se sintieron decepcionados por lo duro de la vida en Miami. Y algunos exiliados más viejos los consideraron de alguna manera dañados por los años vividos bajo el comunismo de Castro.

Treinta años después, sin embargo, los refugiados del Mariel son tan exitosos y están tan integrados como otros cubanos en el sur de la Florida. En el 2005, el refugiado promedio ganaba más de $32,000, unos $10,000 más que el residente promedio de Miami-Dade, según informó en su momento el encuestador Sergio Bendixen.

Llegaron a Estados Unidos sin un centavo, dijo Bendixen, pero los refugiados del Mariel probablemente hayan sido el grupo de inmigrantes que con más rapidez se haya integrado económicamente en toda la historia de la nación.

Esta historia se ha basado en los reportajes del Miami Herald durante 1988, una breve historia del Mariel por el Vicealmirante del Servicio Guardacostas Benedict L. Stabile y el Dr. Robert L. Scheina, así como en los siguientes libros: Finding Mañana, A memoir of a Cuban exodus, Mirta Ojito; y Presidential Decision Making Adrift, The Carter Administration and the Mariel Boatlift, David W. Engstrom.

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