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La historia del crimen en Miami en una expo

Incluso antes que Miami fuera un municipio, atraía a renegados y turistas, soñadores y millonarios, así como a mafiosos, aspirantes a asesinos presidenciales, secuestradores, asesinos múltiples y traficantes de cocaína.

Al Capone vino a vivir a Miami Beach en 1928. Giuseppe Zangara trató de matar al recién electo Franklin D. Roosevelt en Bayfront Park en 1933. Y en los años 80 los narcos colombianos libraron fuertes batallas.

El jueves el Museo de Historia del Sur de la Florida en el downtown de Miami inaugura una exposición que estará abierta seis meses, titulada Crime in Miami (El delito en Miami), que explora las consecuencias de la delincuencia en la zona durante los últimos 100 años y los esfuerzos de las agencias policiales por contenerla.

"La exposición trata de captar la historia de la delincuencia en Miami durante los últimos 100 años y cómo ha afectado a los habitantes en el pasado y cómo podría afectarlos en el futuro'', dijo Scott J. Silverman, juez de circuito de Miami-Dade, uno de los fundadores de la Sociedad Histórica del Onceno Distrito Judicial.

Crime in Miami abarcará desde los traficantes de ron y los notorios mafiosos de la época de la Prohibición hasta conocidos casos de asesinatos y las guerras de los narcotraficantes.

Se exhibirán objetos de interés, fotografías y documentos jurídicos de la colección del Museo, junto a tarjetas de huellas dactilares y otras herramientas de identificación.

Entre los crímenes destacados está el secuestro en 1938 de James "Skeegie'' Cash, hijo de 5 años del dueño de una tienda de Princeton, en el sur de Miami-Dade.

En un momento en que la nación estaba impresionada por el secuestro en 1932 de Charles A. Lindbergh Jr., el rapto de Skeegie a cambio de un rescate de $10,000 provocó que el director del FBI, J. Edgar Hoover, hambriento de publicidad, viniera a Miami y estableciera su oficina en Princeton.

Las sospechas pronto recayeron en Franklin Pierce McCall, de 21 años.

McCall confesó que secuestró al niño y dijo que lo había asfixiado accidentalmente al taparle la boca para que no gritara. Después lo enterró y continuó su plan para cobrar el rescate. Cuando el padre pagó al secuestrador, su hijo ya había muerto.

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