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Estudiantes haitianos comienzan nueva vida

Llegaron de Haití sin sus padres, transcripciones de calificaciones ni certificados de nacimiento. Acostumbrados a pequeñas escuelas llenas de amigos, están ajustándose a enormes recintos escolares donde hay miles de personas que no conocen.

Docenas fueron a parar, gracias a recomendaciones verbales, a la escuela secundaria Félix Varela en West Kendall. Muchos vienen de familias acomodadas en que las fiestas junto a la piscina, vacaciones, escuelas prestigiosas y planes para la universidad eran la norma. Aquí cumplen los requisitos para recibir almuerzo gratis.

Hace apenas un mes, ninguno de estos muchachos --los 40 en Varela, ni 644 en las escuelas públicas de Miami-Dade, los 764 en Broward o los 2,071 en toda la la Florida-- podrían haber imaginado la vida que llevan hoy.

Se sienten abrumados por el tamaño de la escuela y la gran cantidad de alumnos en Varela. Se refugian en su propio grupo, se saludan, se abrazan y hacen bromas en francés y en creole, se congregan para comer albóndigas de pollo y pizzas en una mesa al aire libre durante el horario de almuerzo.

"¿Dónde están los haitianos?", preguntó Neil Villard, de 17 años, que llegó un par de semanas después del terremoto del 12 de enero. "Ahí están. Esa es la mesa haitiana''. "Nosotros preferimos estar juntos'', dijo Gianni Pilorge, de 15 años, que vivía en Pétionville, donde mismo vivía Neil.

Ese deseo ha hecho de Varela la escuela pública con el mayor número de estudiantes haitianos matriculados en Miami-Dade desde el terremoto. La única escuela pública del estado con más estu

diantes haitianos es la Escuela Internacional de Broward, donde el viernes había 49. Esa escuela semiprivada ofrece un programa de enseñanza de francés y muchos de sus maestros hablan creole.

Las escuelas sólo exigen prueba de inmunización y exámenes físicos para matricular estudiantes. "Al principio pensé que era una coincidencia'', dijo la directora de Varela, Connie Navarro, refiriéndose a la cantidad de haitianos que se matriculaban en su escuela.

Pero era a propósito: la voz se corrió por correo electrónico y las redes sociales entre amigos, compañeros de clase y vecinos que salían de Haití para el sur de la Florida.

"Todos nos escribimos unos a otros preguntando adónde íbamos'', dijo Ericka Epstein, de 16 años, estudiantes de primer año. Ella fue de las primeras en llegar, el 18 de enero. "Yo prefiero una escuela donde haya muchos haitianos, donde me pueda sentir a gusto'', dijo.

Gianni y su hermana Talia, de 17 años, vinieron a Miami con una sola maleta para las dos. Su madre las despertó a las 4 a.m. varios días después del terremoto y les dijo que se iban con una prima a la República Dominicana y luego tomarían un vuelo al sur de la Florida. Ahora está quedándose en West Kendall con su prima, Tania Honorat, y familia.

Talia y Gianni estaban en su casa, en Morne Calvaire, cerca de Pétionville, cuando ocurrió el terremoto. Su casa y su familia salieron ilesos, pero fueron testigos de mucha muerte y destrucción. Durmieron en un automóvil durante días por miedo a las réplicas, y luego en la sala con la puerta abierta.

Todavía en estos momentos, dijo Talia, si tiran una puerta eso la hace saltar.

"Cuando tiran una puerta el piso parece temblar'', dijo. "Yo me pongo como loca''.

Su padre importaba comida congelada para vender a familias de bajos ingresos. El negocio iba bien y la vida les iba bien.

Haití mejoraba, dijo Talia, mencionando la apertura de nuevos hoteles y lugares de reunión. Todos esperaban con impaciencia un concierto de Sean Kingston a principios de febrero.

Hablan muy a menudo con sus padres. Talia, estudiante de último año, pasa los días después de la escuela en la computadora, escribiendo mensajes a sus amigos en Facebook y mirando fotografías de su vida anterior. Extraña sus clases diarias de danza. Extraña a su perro. Extraña el futuro que había imaginado en la universidad, pasar las vacaciones con sus amigos en Haití.

Extraña a sus padres.

"Lloré mucho'', dijo Talia de su partida. "No creo haber derramado tantas lágrimas en toda mi vida. Todo parecía como un sueño, y todavía me siento como si fuera a despertarme en cualquier momento''.

Ahora, dijo, se siente como anestesiada.

"Me parece que ya no tengo sentimientos'', dijo.

En la escuela, Navarro, la directora, ha tratado de hacer que los nuevos alumnos se sientan bienvenidos entre 3,000 estudiantes. Navarro hizo una lista de los 50 y tantos estudiantes con raíces haitianas que ya asistían a la escuela y se los presentó a los recién llegados. Celebró una sesión de orientación para los recién llegados y abrió una nueva clase de estudios internacionales en francés. Un equipo especial capacitó a los maestros.

Los estudiantes hablan inglés, pero Navarro trata de saludarlos en francés.

"Puedo decir bonjour. Puedo contar'', dijo Navarro. "Puedo hablar en mi francés terrible para hacerlos sonreír y para que se sientan bienvenidos''.

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