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Un santuario para niñas

En los días siguientes a la tragedia, madame Raymond Eugene ha estado muy ocupada en reorganizar el orfelinato que dirige en los suburbios de la capital. Todas las mañanas se lanza a la búsqueda de comida y agua potable para más de 20 huérfanas que tiene a su cargo desde hace dos semanas.

El grupo sobrevivió milagrosamente al terremoto del 12 de enero y es uno de los pocos casos entre los centros de cuidado infantil de Puerto Príncipe donde no se reportaron muertes.

"Pudo haberse caído el mundo entero, pero nosotros estamos con vida'', declaró Eugene, de 48 años.

En un país donde se cuentan aproximadamente 380,0000 huérfanos y hay otros miles deambulando en sus calles, los orfelinatos parecen estar condenados a protagonizar un difícil acto de equilibrio y encarar una batalla de largo aliento para superar los efectos del sismo que arruinó a la capital y agudizó el estado de abandono de los más pequeños.

Según enviados de organismos internacionales a la nación caribeña, la catástrofe no sólo dejó aproximadamente medio millón de huérfanos sino que abrió un nuevo frente de preocupación: el tráfico de menores.

Recientemente, el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) mostró su incomodidad por la salida de niños de Haití, aparentemente huérfanos, sin que contaran con la documentación en regla o sin que se haya concluido totalmente los trámites legales para su adopción.

La situación llevó a que las autoridades locales reforzaran los controles en los puntos de entrada y salida, al tiempo que se vigilarán los procedimientos de adopción para descartar la intervención de contrabandistas que intentan aprovecharse del caos y el clima de inestabilidad.

La portavoz de UNICEF, Veronique Taveau, dijo que el organismo temía que se pudiera producir tráfico de niños, incluyendo huérfanos.

"La postura de UNICEF siempre ha sido que, sea cual sea la situación humanitaria, debe favorecerse la reunificación familiar'', precisó Taveau. "Si los padres están muertos o desaparecidos, se deberían hacer esfuerzos por reunir al niño con sus parientes, entre ellos sus abuelos. Un niño debería permanecer siempre que fuera posible en su país de nacimiento''.

En el barrio de Nazon, el orfelinato Maison des Enfantes vive el drama de la incertidumbre que siguió inmediatamente al terremoto. Su director perdió la vida en la catástrofe y su viuda, Eugene, no tiene los fondos necesarios para mantener el orfelinato que abrió sus puertas hace una década. La entidad requiere un presupuesto anual de varios miles de dólares para continuar ofreciendo asistencia, como educación, actividades recreativas y alimentación balanceada tres veces al día.

Por el momento la escuela del orfelinato permanece clausurada y las niñas deben dormir a la intemperie. Ante la falta de condiciones higiénicas y las limitaciones de agua potable que sacude a todo el vecindario, el riesgo de contraer enfermedades aumenta considerablemente.

Sin embargo, a pesar de las carencias y el lento trabajo de recuperación, las pequeñas se acomodaron el miércoles sobre la tierra agrietada del patio del orfelinato para escuchar las indicaciones de su profesor.

Y aunque a la hora de la lección no hubo libros ni pizarras donde escribir, la sensación del primer día de clases fue suficientemente reconfortante para que el horror de la tragedia se olvidara por unos minutos.

"Tratamos de ser positivos y mantenerlas atentas durante la mayor parte del día'', sostuvo el tutor de las huérfanas, Moise Stanley, de 28 años. "No podemos aburrirnos ni dejarnos vencer, tenemos muchas cosas en qué pensar''.

Fuera de los límites del orfelinato hay un campamento improvisado donde cientos de familias esperan donaciones de alimentos, agua y medicinas. En el ambiente se percibe el olor a cuerpos descompuestos que aún no han sido recuperados entre los escombros de las casas derrumbadas. La oscuridad llega temprano a la barriada por la falta de electricidad y las mujeres vigilan a sus hijos para evitar que se pierdan entre la masa de gente que habita las casuchas de plástico del refugio.

Eugene teme que la sobrepoblación del campamento y las condiciones de insalubridad en el entorno ponga en riesgo la salud de las niñas. No tiene un plan de emergencia para frenar los peligros de contagio ni medicinas de primera mano que sirvan en caso de que las necesiten. No obstante confía en la buena fortuna y en que las tareas de limpieza que realizan a duras penas con un par de escobas maltrechas sirvan de ayuda.

"Le voy a decir la verdad: nos sentimos como un barco a la deriva. Lo único que sabemos es que estas niñas dependen de nosotros y no podemos abandonarlas. Somos lo único que tienen'', comentó Eugene.

Otros orfelinatos no tuvieron la misma suerte de quedar en pie: en los suburbios al oeste de la capital haitiana, una casa para niños sin padres, Nuestra Señora de la Natividad, se desplomó por completo, matando a 58 de 133 pequeños que allí vivían.

Deborah Bernadin, una huérfana de 10 años de Maison des Enfantes, podría estar jugando con sus amigas del grupo, pero reconoce que hay una tarea más importante que corretear: la recuperación del orfelinato que las ha cobijado a ella y a sus compañeras desde los primeros años de sus vidas.

"Todas queremos quedarnos en casa'', aseguró Bernadin.

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