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Tensiones latentes en la frontera dominicana

Arelys Ramírez recordó que desde pequeña le enseñaron que los haitianos eran ‘‘malos y agresivos''. Pero la pasada semana estaba en el hospital del pueblo fronterizo de Jimaní curando a los sobrevivientes del terremoto, junto con decenas de voluntarios dominicanos.

"Ya no los veo así'', afirmó Ramírez, de 42 años.

Su actitud contrasta de algún modo con los artículos de la nueva Constitución que entra en vigor hoy en República Dominicana, y donde se establece que no serán ciudadanos del país los nacidos de inmigrantes indocumentados. Observadores indican que esta medida pretende resolver el problema de la inmigración haitiana.

La semana pasada, el Arzobispo de Santo Domingo, Nicolás de Jesús López Rodríguez, solicitó

también reforzar la vigilancia en la frontera, sin obviar la solidaridad con las víctimas.

La disposición de las autoridades y el pueblo dominicanos para socorrer a los damnificados del terremoto no admite duda. Sin embargo, en comentarios de la calle, en la tensión ante una posible avalancha humana en la frontera, se escuchan viejos ecos de la tormentosa relación de dos naciones unidas por el territorio y divididas por la historia.

"No tenemos condiciones para tener una emigración tan masiva; nosotros somos un país pobre, no tan pobre como ellos, pero pobre'', dijo el cónsul dominicano en Miami, Manuel Almánzar.

En efecto, la imposibilidad de absorber una ola de refugiados lleva implícito el riesgo de una crisis.

El diputado Pelegrín Castillo, de la Fuerza Nacional Progresista, dijo que los dominicanos están preocupados de que la comunidad internacional "vuelva a desentenderse del destino de Haití''.

"Las autoridades dominicanas, y el pueblo dominicano tienen años clamando por una solución multilateral, responsable, estratégica a los agudos problemas de Haití'', comentó Castillo en un correo electrónico.

El presidente dominicano, Leonel Fernández, ha liderado personalmente el esfuerzo por canalizar la asistencia. Desde el primer momento, puso a disposición de los haitianos los recursos del Instituto Dominicano de Telecomunicación, así como los Fondos Sociales de la Presidencia. También ha facilitado programas alimenticios y de salud.

Dos días después del terremoto, Fernández viajó en helicóptero desde La Fortaleza, una base militar en Jimaní, para reunirse con su colega haitiano, René Preval, y ofrecerle apoyo logístico.

"Creo que los dominicanos sentimos satisfacción de que podemos cooperar'', declaró entonces Fernández a El Nuevo Herald.

Es de esperar, según observan analistas, que la buena voluntad del gobierno tenga una influencia benéfica en las relaciones bilaterales.

Wilfredo Lozano, director del Centro de Investigaciones y Estudios Sociales de la Universidad Iberoamericana, en Santo Domingo, aseveró que la solidaridad en todas las capas de la sociedad indica un potencial de cooperación.

"Tenemos una oportunidad de comenzar a replantear el alcance de las relaciones entre ambos países sobre otro modelo que no sea el de la desconfianza mutua'', señaló Lozano.

Bridget Wooding, investigadora de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, una organización de alcance regional, afirmó que después de la tragedia la relación entre ambas naciones atraviesan por "un momento histórico''.

"República Dominicana va a servir como punta de lanza en términos de la reconstrucción de un nuevo Haití'', pronosticó Wooding. "A mi juicio, no sería posible volver a tener los rencores del pasado''.

Un pasado, por lo demás, convulso. Liberada de España el 1ro. de diciembre de 1821, la joven nación dominicana fue ocupada por Haití desde el 9 de febrero de 1822 hasta el 27 de febrero de 1844. Para los dominicanos fue arduo independizarse de un ocupante con una marcada superioridad en población y uno de los mejores ejércitos de la América de entonces. Los gobernantes haitianos combatían cualquier rebeldía a sangre y fuego.

"Los dominicanos siempre han visto ese momento con mucho dolor y les ha sido muy difícil perdonar'', dijo Wooding.

A partir de 1930, Rafael Leónidas Trujillo fomentó de manera institucional un profundo sentimiento antihaitiano durante su dictadura de tres décadas. En 1937, fueron masacrados brutalmente de 12,000 a 25,000 haitianos a manos del ejército. Ante el clamor internacional, Trujillo se vio forzado a indemnizar a Puerto Príncipe.

Las diferencias de idioma y origen, y otras particularidades de índole religiosa, acentuaron los abismos políticos y sociales.

"Mucha gente nos dice haitianos del diablo'', expresó Evel Elulus, de 27 años, quien reside en Duvergé, del lado dominicano de la frontera.

En 1993, ambos países comenzaron un período de acercamiento y cooperación que ha creado un clima de confianza. Desde entonces el principal diferendo ha sido la inmigración. Esto ha suscitado polémicas debido a los costos que arroja sobre los servicios sociales del estado dominicano. Según Almanzar, su país acoge a más de un millón de haitianos.

El cónsul de Haití en Miami, Ralph Latortue, alabó la prontitud con que los dominicanos respondieron al terremoto. Precisó que desconocía las medidas sobre la inmigración implementadas en la nueva Constitución.

Participación Ciudadana, una organización dominicana que ha criticado las medidas, dio a conocer en un comunicado que resulta "obvio que se pretende resolver por esta vía el gravísimo problema de la migración haitiana''.

"El tiempo demostrará que la solución al problema de la migración ilegal no radica en eliminar la posibilidad de adquirir la nacionalidad dominicana [. . .] sino en la ausencia de aplicación de una política migratoria responsable'', agregó.

Fausto Rosario, director de la revista Clave, en Santo Domingo, dijo que la tragedia haitiana le ha dado a República Dominicana "la oportunidad de reivindicarse''.

"Ha habido muchos cuestionamientos sobre el trato de los haitianos, muertos, asesinados por policías, se les ha prendido fuego en condiciones lamentables'', dijo.

Almánzar insistió en que en este momento las relaciones tienen las características de todas las naciones fronterizas, con diferendos en cuestiones de inmigración e intereses que no siempre coinciden.

"Eso es lo que mas se destaca, pero no es toda la realidad'', dijo. "La realidad es que somos pueblos vecinos que tenemos un sentido de la solidaridad''.

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