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Miles intentan llegar hasta la frontera

JIMANI, República Dominicana - Lo perdió casi todo: tres hijos, un hogar, sus pertenencias. Pero a Ason Julis le quedaba un hijo de 12 años que se había fracturado el cráneo y una pierna durante el terremoto que el martes dejó a Haití en escombros.

Al igual que miles de heridos acompañados de sus familiares, Julis cruzó el jueves la frontera hacia este pueblo de gente afable y llegó a un precario hospital comunitario donde se desinfectan las camillas con vinagre y cloro. Una colmena de voluntarios, enfermeras y médicos trabajaban sin parar para atender a la mayor cantidad de necesitados.

A menos de una hora de Puerto Príncipe en automóvil, Jimaní se transformó en el principal centro de los esfuerzos internacionales de apoyo a los damnificados, hasta que la infraestructura de Haití sea capaz de entrar en marcha.

"Hay carencia de instalaciones allá para recibir todos estos equipos'', expresó a El Nuevo Herald el presidente dominicano, Leonel Fernández, al regreso de una visita a su colega haitiano, René Preval. "Lo que se requiere es coordinar toda la ayuda que está llegando para distribuirla de manera eficaz''.

Aunque su gobierno había despachado 10 cocinas móviles y cuatro clínicas ambulantes un día antes, muchos cargamentos estaban a la espera de que hubiera un sitio disponible en las zonas más afectadas para entregar los suministros.

Miles de haitianos intentaban cruzar el jueves la frontera para salir, al menos geográficamente, de la desolación y el tormento. Sin embargo, las autoridades migratorias dominicanas no podían dejarlos entrar a todos.

"Se trata de controlar'', explicó Biembo Díaz, un funcionario de la Dirección General de Aduanas. "Dejamos entrar al que viene herido y a quien tiene documentos. Si no los tienen, entonces no''.

El paso fronterizo consistía de una simple verja que unos soldados abrían y cerraban al compás de la incesante corriente de vehículos y peatones. Algunos querían salvarse a sí mismos; otros querían ir a salvar a alguien.

Alrededor de las 4 p.m., se aproximó a la verja un camión blanco lleno de haitianos, al parecer sin documentación. La policía fronteriza quiso hacerlos retroceder. Pero una voz de adentro gritó: "¡Heridos!''

Un hombre prácticamente desfigurado se bajó del asiento delantero con la ayuda de sus compañeros. Se le salían los huesos. No necesitaba palabras para expresar su dolor. Cuando mencionaron la palabra "ambulancia'', un funcionario de la brigada de rescate informó que ya no cabía nadie en los hospitales.

"Llama a la ambulancia, no lo vas a dejar morir ahí'', ordenó el teniente coronel Javier Donis, de la Dirección de Inteligencia G2.

Al final, llegó la ambulancia y entre todos cargaron al herido con destino al hospital de Jimaní, conocido como el Melenciano. Horas antes, en la pequeña sala de emergencia se escuchaba el gemido de los pacientes. Un hedor inundaba el pasillo. No había camillas para todos y a más de un herido le tocó esperar desconsolado en el piso.

"Estamos en caos'', afirmó José Pérez Vidal, un cirujano que vino especialmente desde Santo Domingo. "Están llegando demasiados pacientes. Y los que llegan están en terribles condiciones''.

Nadie en el hospital podía calcular una cifra exacta de los pacientes internados en estos dos días de tragedia, pero sumaban más de un centenar, dijeron. Si no son casos extremos, se refieren a centros sanitarios en el área. Pero a veces son tan extremos que deben tratarse en hospitales de ciudades mayores.

Esdras Metayer, un estudiante de computación de 24 años, cruzó la frontera por la mañana en busca de su hermano, Wilgens, quien se hallaba en la universidad cuando el techo del aula se derrumbó.

Las noticias en el Melenciano no eran buenas ni malas. Wilgens había sido transferido a otro lugar. Pero nadie podía decir dónde y Metayer no tenía dinero para movilizarse.

"Tengo mucho miedo'', confesó Metayer usando un rudimentario inglés que apenas comenzaba a aprender. "Quiero ver a mi hermano''.

Las barreras lingüísticas dificultaban las labores de ayuda médica.

"Necesitamos un traductor. Yo no sé nada de su idioma'', dijo la doctora Juana Pimentel, mientras examinaba a un paciente moribundo.

Un joven haitiano criado en Jimaní estaba listo para traducir.

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