Nation & World

Una década turbulenta

¿Qué pasó? La primera década del milenio --que nadie concuerda en cómo llamar pero que entre los nombres sugeridos está ‘Ay caramba'-- se acerca a su final. Las expectativas de hace 10 años se han derrumbado, más de una vez, y vuelto a levantarse.

Nuestros viejos hábitos, costumbres y sensación de seguridad fueron marcados y borrados. Y vueltos a recrear.

La ironía de los argumentos sobre adónde se dirige el país ahora, después de duplicar un siglo de deuda colectiva en una década, es que Estados Unidos comenzó el nuevo milenio con un cierto sentido de control, creyendo que finalmente había logrado entender cómo funcionan las cosas.

Por ejemplo, cómo librar una guerra sin muchas bajas de nuestra parte. Lo logramos al expulsar a los últimos efectivos yugoslavos de Kosovo en 1999 --el siglo de Estados Unidos, ciertamente-- sólo para descubrir que nuestros soldados también sangran.

Ahora que nos encaminamos a la segunda década del siglo, al menos sabemos de la rapidez con la que los pronósticos pueden variar.

De la tranquilidad total al terror en un solo día.

Una histórica y dinámica ciudad en la costa del Golfo de México quedó destruida por las aguas y los saqueos en una semana.

¿Alguien lo previó?

En una temporada electoral se borraron las dudas de los mayores de 50 años de que un afroamericano podía llegar a la Casa Blanca.

También se borraron, en unos cuantos informes trimestrales, aproximadamente la mitad del valor de nuestros fondos de retiro y para estudios universitarios.

Ahora el mercado bursátil se está recuperando y los banqueros de Wall Street vuelven a las andadas con enormes bonificaciones.

Las cosas han vuelto a su lugar, ¿no?

"Esa sensación de vulnerabilidad nunca desaparece, incluso si vuelven los buenos tiempos'', dijo Wayne Fields, profesor de Estudios Culturales de Estados Unidos en la Universidad Washington en St. Louis. "La gente que pasa por una crisis nunca lo olvida''.

"Culturalmente, quisiéramos olvidar. Pero individualmente, no''.

Piense en los principios de los años 90, que no fueron precisamente una época tranquila. Pero en medio de los alardes de "el mayor crecimiento en tiempos de paz'' y sólo un poco de nerviosismo sobre la "exhuberancia irracional'', ni siquiera el recién nacido Google pudiera haber reconocido estas frases:

El 9/11. El terrorista del zapato.

SARS. Lo que pasó después de Katrina. YouTube y los iPhones.

La mayoría de nosotros no teníamos idea de qué son los derivados tóxicos.

¿Irán tiene una bomba atómica? ¿El agua potable es tan valiosa como la gasolina en algunas partes del mundo? ¿Que los bancos de bancos de peces se están acabando en los mares?

¿Es posible que un país donde comer se ha convertido en un deporte extremo pueda alejarse de las raciones gigantescas? O quizás la próxima generación de automóviles funcione con la grasa que nos extraemos en las liposucciones. Seguramente el galón de gasolina a 4 dólares está por llegar otra vez.

Hay muchas probabilidades de que la próxima década sea testigo de la implantación de aparatos de comunicación o tasas de desempleo tan elevadas como las de Europa.

Quizás los bancos de Wall Street pierdan la envergadura suficiente como para irse otra vez a la bancarrota y a lo mejor General Motors regresa al número uno. ¿Más generadores eólicos? Seguro. ¿Más plantas electronucleares? A lo mejor.

Quién sabe, quizás podamos abordar otra vez un vuelo en el Aeropuerto de Kansas City con una botella de agua en la mano.

Los primeros momentos de esta década estuvieron llenos de incertidumbre. Para muchos, eliminar la amenaza del Y2K en las computadoras --a un costo superior a los $300,000 millones-- probó que estábamos listos para el siglo XXI.

(Para otros fue una exageración, nos concentramos en un problema ilusorio en vez de atacar los de verdad.)

Pero el Y2K no fue cosa de juego. Muchos economistas creen que todo ese gasto en mantener las bases de datos y las redes eléctricas creó la burbuja en los mercados de alta tecnología.

Y la burbuja estalló, la primera, pero no la peor, en una décadas de explosiones.

Con toda la planeación para el nuevo milenio, pocos lo previeron.

"La lección de Y2K: los grandes desastres son casi siempre los menos esperados'', dijo Joe McGuff, director retirado del Kansas City Star en una columna el invierno antes del 11 de septiembre.

La elección presidencial del 2000 se centraba en el "atractivo'', declararon los expertos. Ninguno, como es natural, previó que la Corte Suprema tendría la última palabra.

Todos sabemos lo que ocurrió el 11 del septiembre del 2001, que la historia recogerá como el comienzo de una nueva década, y del siglo XXI.

El presidente George W. Bush también lo sabía. Con la voz temblando de emoción al día siguiente, declaró a los reporteros en la Casa Blanca que la respuesta de Estados Unidos a los ataques probablemente moldearía lo que restaba de su mandato. (Si él mismo o cualquier otro presidente era "atractivo'', de repente se convirtió en algo irrelevante.)

Durante unos seis meses los ciudadanos se mantuvieron unidos, como recuerda Shirley Hemenway: "Por lo menos Bush hizo algo. . . Todos queríamos hacer algo para defender al país. Esa era la actitud de la gente''.

Antes de que el hijo de Hemenway muriera, le había regalado a su padre una gorra recuerdo del barco USS LaSalle. Ronald había servido en ese barco de la Sexta Flota, conocido en tiempos de paz como "El Gran Fantasma Blanco''.

Después del 11 de septiembre, su padre usó la gorra a diario como un tributo a Ron.

A lo largo de la invasión de Afganistán, el padre de Ron llevó puesta la gorra. La llevaba puesta en marzo del 2003, cuando Estados Unidos encabezó una ofensiva contra el Irak de Saddam Hussein, cuando el director de la CIA afirmó que la supuesta acumulación de armas de destrucción masiva era "algo seguro''.

La tenía puesta cuando Bush pronunció "misión cumplida'' y cuando capturaron a Hussein --teléfonos celulares grabaron su ejecución-- y durante los debates que pocos imaginaron sobre la tortura.

La gorra fue testigo de la división de opiniones sobre dos guerras al mismo tiempo y la súbita celebridad de Sarah Palin, quien por casualidad había estudiado con Ron en la secundaria en su natal Alaska.

La gorra de LaSalle sobrevivió incluso un breve enfrentamiento con la podadora de los Hemenway.

Pero el barco que conmemora ya no existe. Retirado de servicio en el 2005, LaSalle fue usado como blanco en maniobras de la Marina de Guerra en el Atlántico. Lo hundimos.

"Eso nos dolió'', dijo Shirley Hemenway. En ese barco había una placa conmemorativa con el nombre de Ronald.

Hoy ella dirige el capítulo local de las Madres de la Estrella de Oro de Estados Unidos, un grupo renacido de madres de soldados caídos. Unas 15 madres de su área asisten a las reuniones.

En marzo del próximo año, en algún lugar del mundo, Osama bin Laden cumplirá 53 años.

Poco después de que el libro de Rick Warren The Purpose Driven Life se mantuviera mucho tiempo en las listas de los más leídos, los textos sobre ateísmo las tomaron por asalto.

"La población se está haciendo al mismo tiempo más religiosa y menos religiosa'', escribe el reverendo Timothy Keller en The Reason for God.

Varada en un callejón sin salida y dividida, excepto por los meses que siguieron al 11 de septiembre, la cultura política del país de nuevo parece una "U''.

En cada extremo las pasiones son fervientes, implacables --en pro y en contra de la enseñanza de la evolución, en pro y en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, en pro y en contra de las investigaciones sobre las células madre. La mayoría trata de esquivar este fuego cruzado.

"Una cosa que me preocupa es la vehemencia que veo en estos momentos, y que es algo nuevo'', dijo Peter Gardner, profesor emérito de Antropología de la Universidad de Missouri. "Vi una encuesta que mostró que los chinos eran mucho más optimistas que los estadounidenses. Eso me tomó por sorpresa porque considero que nuestro país es optimista''.

Pero no todas las encuestas eran pesimistas.

A fines del 2004, con la economía viento en popa y Bush acercándose a su segundo mandato, el 63 por ciento de los estadounidenses entrevistados en un estudio de la firma Harris dijeron "sentirse optimistas'' sobre el futuro de sus hijos, en comparación con 48 por ciento en 1997. Más de tres personas de cada cuatro dijeron "sentirse optimistas sobre la moral y los valores'' que los rodeaban.

Tal vez las urnas restablecieron una sensación de que todo estaba bajo control. Pero para el otoño del 2005 una fuerza incontrolable --el huracán Katrina-- afectó las cifras de aprobación de Bush como ningún otro suceso durante su presidencia.

"¡Necesitamos ayuda! ¡Necesitamos ayuda!'', coreaban los desesperados y los varados en Nueva Orleans. Era un espectáculo intolerable para la mayoría de nosotros; Bush lo contempló desde el Air Force One.

La década del 2000, al menos en este país, nunca encontró una cohesión narrativa.

Sólo estallidos y luego reacciones. Los meses finales no ofrecieron mejores soluciones a la inmigración ilegal ni el Seguro Social.

No hubo nada como la Revolución de Reagan, como los años 80. Nada tan definitivo como el desmoronamiento de la Unión Soviética y el comienzo de la era de la internet, como en los años 90.

Barack Obama, lo mismo que Bill Clinton, fumó marihuana cuando era joven, pero "sí inhalé'', dijo. "Ese era exactamente el propósito''.

Si el fenómeno Obama estalló atizado por las aspiraciones de la nación --las posibilidades "postraciales'', la poesía de la esperanza-- al final fue la indignación pública lo que condujo a su elección.

El choque final de la década del 2000, el colapso de la economía, en retrospectiva no fue ningún choque. Los ricos llevaban una generación haciéndose inmensamente ricos y los de abajo se endeudaron hasta reventar.

Pero la década del 2000 probó que los pronósticos son una tontería. Sólo las décadas futuras podrán determinar si ésta sembró cambios duraderos.

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