Nation & World

Sorprende alto número de matrículas en seminario de Westchester

A Bryan García le gusta Linkin Park y los Black Eyed Peas, bailar salsa y ver programas humorísticos en televisión, le encanta el fútbol y se alisa su cabello castaño oscuro. Pero algo que destaca a este joven de 21 años de los alumnos universitarios tradicionales es que estudia para cura. García es uno de 74 hombres en el St. John Vianney College Seminary de Westchester. Mientras que la Iglesia Católica enfrenta en todo el país una fuerte escasez de sacerdotes, en St. Vianney la situación es otra y este año tiene su mayor matrícula en más de 30 años.

Los seminaristas se preparan para una carrera más larga que la de Medicina, paga menos que un empleado de limpieza y exige una vida entera sin relaciones sexuales.

"La gente cree que somos personas perfectas'', dice García. "Somos gente normal''.

Allí está un ex piloto de la Fuerza Aérea, de 33 años y de Tampa, que mientras volaba docenas de misiones en Irak y Afganistán, encontró tranquilidad en su fe. Como ya tiene un título universitario, estudiará allí dos años antes de inscribirse en un seminario avanzado en Boynton Beach. Su plan es ser capellán en las fuerzas armadas.

Otro es un graduado de ciencias neurológicas de la Universidad de Miami, de 23 años y de Boca Ratón, quien decidió abandonar la Medicina y seguir los pasos de su padre vietnamita, ex seminarista que fue encarcelado por su fe antes de huir del país durante la Guerra de Vietnam.

Y entonces están los muchachos como García. Monaguillo desde los 10 años, García creció entre monjas y sacerdotes en escuelas católicas y durante la adolescencia muchas veces se sintió atraído por la vida religiosa. Siempre se apartó, matriculándose en una universidad laica, hasta que pedía una transferencia. Y no es el único: la mayoría de los seminaristas son jóvenes de menos de 30 años con poca experiencia laboral o universitaria.

Muestran su edad mientras se hacen bromas y desempacan sus pertenencias en los dormitorios, donde el billar es un entretenimiento popular. Los viernes se van a jugar fútbol y todos los meses la escuela patrocina un viaje a un museo o un concierto.

A 20 minutos del mar y la arena de South Beach, St. John Vianney es un mundo aparte. Fotos de papas y obispos llenan las paredes, mientras estatuas de Jesús y María acentúan los terrenos y pinturas religiosas de Caravaggio y Rembrandt cuelgan en media docena de aulas.

"Lo que más piden es asistencia para conocer al Señor'', afirmó el reverendo Michael Carruthers, quien supervisa a los seminaristas. "Si eso es lo que lleva al sacerdocio, excelente''.

Estos tiempos son innegablemente problemáticos para los hombres que la Iglesia escoge para guiar al rebaño. Sólo 42 por ciento de los católicos en Estados Unidos asisten semanalmente a misa. La gente todavía se está recuperando del golpe de las denuncias de abuso sexual de los últimos años. Y más recientemente, la situación económica ha obligado a la Arquidiócesis de Miami a cerrar más de 13 iglesias y siete escuelas.

Cada mañana en esta escuela que lleva el nombre de un sacerdote francés del siglo XIX, García se levanta antes del amanecer --a veces al ritmo del rock cristiano en su iPod-- en un lugar que, más allá de los muebles todos iguales, tiene muy poca relación con un dormitorio estudiantil normal.

Sobre la cabecera de su cama cuelga una cruz. En el closet tiene un instantánea de Juan Pablo II y sobre el escritorio tiene pasajes de la Biblia manuscritos. Al otro lado del pasillo, un sacerdote profesor vive en una habitación más grande y unos pasos más allá, junto a la estatua de un santo, hay un pequeño salón para orar.

Las clases y las calificaciones son el centro de atención en la mayoría de las universidades, pero aquí es la espiritualidad. Antes de las 9 a.m., García ya hizo sus oraciones de la mañana en la capilla del recinto, cantó en el coro, recibió la comunión y agradeció durante el desayuno, y está en medio de conferencias sobre filosofía y ética. Las oraciones marcan un cronograma estricto de estudio, deberes y trabajo voluntario durante toda la semana.

García comparte su habitación con otro seminarista de Palm Beach County, donde a las 11 p.m. los día de semana y a la medianoche los fines de semana hay que estar recogido. Las puertas son de persianas y la privacidad no es mucha. A los seminaristas los alientan a no tener relaciones sexuales, aunque todavía no hay hecho votos de castidad. Un alumno normal se sentiría atrapado, pero García se siente libre.

"Como sacerdote, no tengo que preocuparme por el futuro'', afirmó García, quien tuvo su cuota de fiestas y novias en la secundaria, aunque no lo disfrutó mucho. "Cuando uno es sacerdote está casado con la Iglesia, la Iglesia es tu novia ... te da la oportunidad de mirar las cosas con más profundidad''.

En momentos que el número de sacerdotes baja en el país todos los años y la población de católicos sigue aumentando --hay 5,000 curas menos y 5 millones de católicos más en el país en comparación con el 2000-- St. John Vianney rompe la tendencia. Este año tiene la mayor cantidad de seminaristas desde 1974. Han tenido que convertir oficinas en dormitorios y el espacio en el recinto de 33 acres, que comparte con la secundaria St. Brendan, está completamente lleno.

Nadie sabe por qué tantos muchachos se han inscrito. A lo mejor es la situación económica. La matrícula, albergue y comida cuesta $26,500, que la Iglesia paga en su mayor parte. Puede ser la composición demográfica. La Arquidiócesis de Miami es una de las más diversas y St. John Vianney es el único seminario universitario del país que ofrece clases en inglés y español.

Quizás se debe a una fuerza mayor. El papa Benedicto XVI ha declarado el 2000 "el año de los sacerdotes'' y por lo general en las misas dominicales en el sur de la Florida pide a los presentes que acudan al llamado de la Iglesia.

Los beneficios tangibles del sacerdocio son pocos. Tras graduarse de Filosofía en St. John Vianney y completar cinco años de maestría en St. Vincent de Paul, en Boynton Beach, los sacerdotes ganan $17,500 en la Arquidiócesis de Miami, que abarca desde Broward hasta Monroe. El sueldo en otras partes del país es similar. Los curas hacen votos de obediencia, castidad y una vida sencilla, y por lo general viven juntos en los terrenos de la parroquia y se pagan sus alimentos, ropas, teléfono y automóvil.

"Es suficiente para vivir'', indicó García, haciendo una pausa frente a la biblioteca del recinto, donde la colección incluye la Gramática Griega del Nuevo Testamento y ejemplares del periódico vaticano, que llega semanalmente.

En cierto sentido, García fue moldeado para esta labor. Sus primeros recuerdos son rezar el rosario con su abuela, una inmigrante cubana que le enseñó español. Cuando estaba en quinto grado era monaguillo en la Inmaculada Concepción en Hialeah. Se matriculó en la escuela primaria de la iglesia, donde su padre llegó a ser director, y después estudió en la secundaria Monsignor Edward Pace, donde su madre es la directora. La familia es religiosa, pero nunca lo obligaron.

"Probó con los deportes, con los clubes extraescolares'', aseguró su madre, Ana, ‘‘pero estaba feliz cuando hacía algo en la iglesia. Era el que venía a nuestra habitación el domingo por la mañana y nos preguntaba si íbamos a ir a misa''.

  Comments