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Vidas minadas: un grito contra la guerra

Sofía Elface Fumo, de Mozambique, perdió las dos piernas en una explosión de minas en 1994, cuando tenía 11 años. Con ella iba su hermana María, quien no sobrevivió. Para entonces las pérdidas de Sofía eran muchas: su padre había muerto en la guerra, y ella y su familia habían quedado desplazadas de la aldea en que vivían debido al conflicto.

Adis Smajic, de Sarajevo, pasó cuatro años de su vida en una ciudad constantemente bombardeada. Tenía 13 años cuando acabó la guerra en 1995; jugando con un amigo descubrió una mina, y tratando de evitar que alguien la pisara, la tomó del suelo y cuando volvió a colocarla, explotó.

El joven estuvo un mes entre la vida y la muerte, perdió el ojo izquierdo, el brazo derecho y su rostro quedó desfigurado; en estos 14 años ha sufrido más de 30 intervenciones quirúrgicas. Como Sofía, antes de su tragedia, ya Adis había perdido a su padre en la guerra.

La historia de Sofía y de Adis está recogida en las instantáneas del fotógrafo y periodista español Gervasio Sánchez, que los conoció cuando tenían 12 y 13 años y los ha fotografiado en diferentes momentos de su vida hasta que cumplieron los 25.

La foto de Sofía y su hija más pequeña, Alia, dormidas entre unas mantas con un bello estampado de diseño africano, es una de las más poderosas de las que se exhiben actualmente en el Centro Cultural Español de Coral Gables como parte de la muestra fotográfica en blanco y negro Vidas Minadas, 10 años después, de Sánchez.

La placidez de la imagen de la madre y la hija, que ganó el Premio Ortega y Gasset de Fotografía 2008, sólo es perturbada por las prótesis de Sofía. Es ésta la señal gráfica de la desolación del paisaje después de las guerras. Cuando la última máquina de matar se marcha, quedan las minas antipersona. Los civiles, en su mayoría campesinos humildes, regresan a cultivar las tierras, a tratar de recuperar la rutina, y ahí comienza la otra tragedia, la de una mutilación que los acompaña para siempre.

Mónica Paola Ojeda, una niña colombiana, perdió la visión de ambos ojos, la mano derecha y dos falanges de la izquierda cuando de regreso de la escuela, se salió del camino, y explotó una mina. Su imagen, captada por Sánchez, es una de las que aparece en una gran pantalla en los conciertos de Juanes cuando el cantautor colombiano interpreta el tema Minas piedras, que pide no olvidar a las víctimas de las minas.

"En Camboya la mayoría de los mutilados se han producido en los momentos de paz'', dice Sánchez frente a la foto de Sokheurm Man, quien con 13 años fue gravemente herido por una mina. La foto de Man con la pierna dañada dentro de un cubo de agua --acompañado por su padre, que con una mirada entre la tristeza y el azoro, lo sostiene y le da ánimo-- se sitúa junto a otra de Man tomada en el 2007, con 25 años y una prótesis en lugar de su pierna.

"Por un lado hay que mostrar que el drama continúa. El sigue siendo un mutilado, pero hay que reflejar cómo ha evolucionado su historia personal; ha conseguido llegar a la universidad y trabaja para una ONG'', informa Sánchez, que conoció al joven a finales del 1995, cuando comenzaba el proyecto de Vidas Minadas. "Cuando decía que estaba haciendo un trabajo sobre las minas, me preguntaban: ‘¿Ah, te vas a Asturias? [refiriéndose a los yacimientos minerales en esa norteña región española]' '', recuerda el fotoreportero del desconocimiento de la opinión pública sobre las minas antipersona.

En 1997, se publicó en Ottawa, Canadá, la Convención sobre la prohibición del empleo, almacenamiento, producción y transferencia de minas antipersona y sobre su destrucción. Ciento cincuenta y cinco países la firmaron, pero entre ellos no se cuentan ni Estados Unidos, ni Rusia ni China. Dos años después entró en vigor, y desde entonces se han logrado limpiar 2,200 kilómetros cuadrados de terreno en los países más afectados, entre los que se hallan Angola, Bosnia-Herzegovina, Burundi, Camboya, Iraq, Colombia y Afganistán. Sin embargo, en los ocho años trascurridos hasta la publicación del libro Vidas Minadas, diez años, en el 2007, se habían registrado 58,000 nuevas víctimas.

"Hay minas que están estallando en Afganistán en estos momentos que se pusieron a principios de los años 80, cuando empezó la invasión soviética'', dice Sánchez para demostrar el efecto a largo plazo.

Desde 1984, en que se graduó de periodismo, Sánchez trabaja en "zonas de guerra'' --no le gusta usar el título de corresponsal de guerra porque es "mucha etiqueta y poco interés''. Ha cubierto los conflictos civiles de Centroamérica en los años 80, las dictaduras militares del Cono Sur. En 1992 se fue a los Balcanes, y en 1994 publicó su primer libro de fotos, El cerco de Sarajevo, que tuvo gran impacto porque mostraba las imágenes de lo que estaba ocurriendo en ese momento.

"Tenía la sensación de que mi trabajo me gustaba, pero no me convencía eso de ir de una guerra a otra y cada vez que se firmaba la paz, te olvidabas del conflicto. Estaba más interesado en las consecuencias de las guerras que en éstas en sí mismas'', recuerda Sánchez, que en 1995 aceptó el ofrecimiento de hacer un reportaje para una revista sobre el tema de las minas. "Llegué a Angola, donde había ocurrido una guerra multiafricana, y en una ciudad de 100,000 habitantes, 4,000 habían quedado mutilados por las minas. Ibas por los senderos y te encontrabas huesos humanos de personas que habían estallado, y nadie se había atrevido a cogerlos y enterrarlos'', rememora de las secuelas de un conflicto en el que también intervinieron tropas cubanas.

Para entonces ya Sánchez estaba comprometido con el proyecto que financian organizaciones humanitarias como Intermón Oxfam, Manos Unidas y Médicos sin Frontera. En 1997, la editorial Blume publica el primer libro de fotos de Vidas Minadas; en el 2002 salió otra edición, mostrando a las víctimas cinco años después. La presente exhibición, diez años más tarde, se inauguró en el Instituto Cervantes de Madrid en el 2007; viajó a la sede de la UNESCO en París y a la de la ONU en Nueva York. Recibió además el Premio Internacional Rey de España.

En el CCE de Coral Gables, un mural de fotos de prótesis muestra algunas que son un canto a la invención humana: una fabricada con una botella de Coca-Cola la fotografió en Colombia; una verdadera obra de arte en bambú la halló en Camboya.

"La prótesis de una persona que pierde el miembro muy joven se tiene que cambiar 25 veces a lo largo de su vida. Cada una puede costar hasta $1,000, cantidad inalcanzable para quienes viven en países pobres'', dice Sánchez que reclama partidas económicas generosas para ayudar al desminado y a las víctimas.

"Ese compromiso no se cumple. Existe la paradoja de que Estados Unidos, que no ha firmado el Tratado, dedica más dinero a este problema que los países ricos que lo han firmado. Habría que multiplicar los presupuestos para contribuir al final de esta lacra en un tiempo real, 20 o 30 años, y no en un millar como dicen los expertos'', concluye Sánchez, que se alegraría de que en el 2022, cuando se cumplen 25 años de Vidas Minadas, los avances puedan ser significativos.

Exhibición ‘Vidas minadas, diez años después', de Gervasio Sánchez, hasta el 31 de julio en el Centro Cultural Español, 800 Douglas Rd., suite 170. Coral Gables.

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