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Niños refugiados encuentran nuevo hogar en la Florida

Saray Díaz intenta olvidar. Pero no puede. Una y otra vez recuerda las veces en que la policía venía a llevarse preso a su padre, en Cuba. Una y otra vez siente la herida de la humillación y el repudio de su maestra y compañeros de clase. Sólo porque su padre no simpatizaba con el castrismo y quería abandonar la isla con su familia.

Han pasado tres años desde que Saray, de 11 años, llegó a Miami. Sin embargo, su maestra le ha dicho a sus padres que la niña "está en el aula, pero la mente está en otro lado''.

Es una tragedia común entre los niños refugiados.

"Tengo recuerdos de eso, pero trato de no pensar en ellos porque me traen sentimientos'', confiesa Saray.

Se cubre los ojos, se recuesta en un sofá y llora.

Cada año, la Florida acoge a miles como Saray, en su mayoría, acompañados de sus padres. Es el estado que más refugiados recibe en Estados Unidos, según la Oficina de Reasentamiento de Refugiados del Departamento de Salud y Servicios Humanos, en Washington, D.C. Aquí encaran los retos de aprender otro idioma y asimilarse a la cultura norteamericana.

El sur del estado es un imán para refugiados que huyen de la opresión y la violencia de América Latina y el Caribe. Por lo general, los programas de reasentamiento ayudan a conseguir empleo para que la familia cubra sus gastos básicos. También ofrecen asistencia en el aprendizaje de inglés y el proceso de solicitud de la residencia y, más adelante, de la ciudadanía. Las necesidades de los niños también están bajo el radar de las agencias.

"Buscar empleo es nuestra primera meta por ley y necesidad'', expresó Hiram Ruiz, director de la agencia Servicios a Refugiados del Departamento de Niños y Familias de la Florida (FDCF, por su nombre en inglés). "Pero nuestros programas también ayudan a los niños a integrarse a la nueva cultura con asistencia sicológica y escolar''.

A casi 112,000 personas se les concedió el estatus de refugiado en la Florida entre el 2004 y 2007. En un distante segundo lugar, le siguió California, que acogió a 24,712, mientras que Texas cobijó a 17,384.

El gobierno federal ofrece $58 millones anuales para los servicios a refugiados que administra el DCF, además de $56 millones para asistirlos monetaria y médicamente, informó Ruiz. De la asignación para los servicios, específicamente $11.1 son destinados a niños y adolescentes. Estos últimos se dividen, a su vez, en dos categorías: $6.3 millones para ayuda escolar y consejería, y $4.8 millones para el cuidado en edad de guardería. Además, el Departamento de Educación de la Florida invierte $2.3 millones para asistir a los refugiados en el sistema escolar.

De los 26,755 refugiados acogidos por la Florida en el 2008, un 23.61 por ciento --6,316-- son menores de edad, según el FDCF. Esta cifra incluye a los asilados políticos, los cubanos y los haitianos que entran a Estados Unidos, así como a las víctimas de tráfico humano.

En particular, si la salida del país se produce súbitamente, los niños necesitan actividades estructuradas y rutinarias que los ayuden a fomentar la confianza en el futuro cercano, afirman expertos.

"Muchos de estos niños tienen problemas de adaptación. Lo muestran con miedo, timidez'', observó Carlos Vargas, instructor del programa para niños refugiados de Gulf Coast Jewish Family Services, en Miami Springs. "En algunos casos hay traumas. Les cuesta creer que aquí pueden hacer las cosas sin temor a la represión''.

Saray es un ejemplo de las dificultades de la adaptación. Este año, su paso a 5to. grado trae el lastre de problemas de problemas de rendimiento y dificultad en el inglés. El pasado sigue siendo su obstáculo, aunque ya va anotándose algunos logros.

El 20 de junio, durante la celebración del Día Mundial del Refugiado en el Parque Amelia Earhart, en Hialeah, Saray ganó un concurso de afiches del Programa de Familias y Jóvenes Refugiados del Condado de Miami-Dade.

En el cartel se dibujó a sí misma gritando "Papi, papi. Ven, ven'', mientras que agentes de la Seguridad del Estado de Cuba se lo llevaban esposado de su hogar. Un policía aparece intimidando a la niña y a su madre: "No caminen. Les entro a palo''.

Al dibujo lo acompaña un ensayo que dice: "La policía venía a mi casa a arrestar a mi papá sin razón alguna. Yo lloraba cada vez que eso sucedía, pero mi mamá me decía: ‘No te preocupes, tu papá va a estar bien' [...]. "En mi escuela, mi maestra me pegaba porque mi papá y mamá no eran parte de la revolución. La policía me amenazaba, a mí y a mi familia, diciéndonos que nos iba a matar, que no nos dejarían conseguir comida. . ."

Junto a sus padres, José Ramón Díaz y Dayana Rivero, de Santo Domingo, provincia de Villa Clara, Saray se refugió en Miami en el 2006. En la isla, Díaz había sido despedido, tras 11 años de trabajo en los Ferrocarriles de Cuba, según él, porque su hermano, David Díaz Oliver, presidía el grupo opositor Coalición Juvenil Martiana.

El hostigamiento se recrudeció cuando Díaz, siguiendo los pasos de su hermano, presentó la solicitud para emigrar a Estados Unidos.

"En el pueblo nos hacían actos de repudio'', recordó Díaz, de 38 años. "Te gritaban: ‘¡Gusanos, váyanse de aquí! Las calles son del pueblo revolucionario; vendepatrias' ''.

En la escuela pronto empezaron a burlarse de Saray. Los compañeros la empujaban. La maestra la castigaba. Era una situación estresante que terminó por desmotivarla. No quería asistir a clases. Sentía miedo.

"Ella no lo da a entender. Pero se siente solita'', precisa la madre, de 37 años. ‘‘En el aprendizaje ha demorado bastante''.

Gulf Coast Jewish Family Services, cuya sede principal está en Tampa, envía mentores al hogar de los refugiados para ayudarlos en las tareas escolares y en el proceso de asimilación. Si presentan problemas de conducta o son violentos, se les refiere a especialistas de salud mental.

"No queremos que terminan uniéndose a las pandillas'', comentó Michael Bernstein, su presidente.

Durante el verano, la organización auspicia un campamento en Miami Springs. Recientemente, los niños esperaban eufóricos porque iban a comenzar el juego de la silla. Estaban divididos en dos equipos, y los que se quedaran sin asiento al terminar la música, debían escribir en la pizarra el nombre de uno de los 50 estados de su nuevo país.

"South Carolina'', dictó la asistente. "Sauf Kerlain'', escribió un niño de 8 años. Los compañeros miraban curiosos entre risas.

"North Carolina'', le dictó la asistente a una pequeña de 9 años.

"Nosth Colana'', escribió ésta dubitativa.

Después de varios intentos, lograron escribir los nombres correctos con ayuda de los tutores.

"En muchos casos, estos niños han sido separados de su familia o no han visto a uno de sus padres por muchos años'', observó Suzy Cop, directora ejecutiva del International Rescue Committee en Miami, que no está afiliado con el FDCF. "Estos programas son específicos para ayudarlos a superar ese tipo de trauma''.

Muchos han conseguido dejar atrás la pesadilla. Saray Restrepo (sin relación con la anterior), de 16 años, y sus hermanos Sebastián y Carlos, de 13 y 14, respectivamente, consideran que han superado las barreras de adaptación seis años después de que se asilaran en Miami junto con sus padres, Sofía y Carlos.

Los Restrepo estaban amenazados por grupos paramilitares en Colombia, porque Carlos, padre, se había involucrado como asesor de una campaña política en el municipio de Valledupar. La salida no tuvo mayores complicaciones, hasta que los problemas de inseguridad comenzaran a afectar a los tres hijos, quienes pensaban que habían viajado a Miami de vacaciones.

Al asilarse, su estilo de vida se hizo menos opulento que en Colombia. Aquí ambos padres tenían que trabajar y el pequeño Carlos se había enfermado. A Saray y Sebastián los enviaron con parientes en Pensylvannia. Cuando la familia finalmente se reunificó, empezaron los problemas en la escuela.

"Al principio los niños se sintieron rechazados'', dijo Sofía.

Los Restrepo, que viven en una casa alquilada en Doral, están felices con su nueva vida. Lamentan no poder regresar a Colombia para visitar a familiares y amigos que extrañan. Ese, subrayó Carlos, es el precio de "tener tranquilidad, seguridad y un futuro mucho mejor para los hijos del que podríamos vislumbrar en nuestro país''.

A lo largo de cinco años, la familia ha aprovechado diversos servicios. Carlos y Sebastián reciben tutoría escolar gratis en la casa. Y Saray participó en un curso de pintura del Departamento de Servicios Humanos del Condado de Miami-Dade, donde además de enseñarle arte, le pagaron un sueldo nominal.

"Cuando le digo a alguien que soy asilada, la gente me pregunta: ‘¿Qué es eso' '', comentó Saray, quien forjó amistad con adolescentes que han pasado por experiencias similares. "Cuando estás con otros refugiados no hay que estar dando explicaciones''.

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