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Avenida de Miami recibe el nombre del joyero Rodolfo Santayana

Un tramo de la avenida 122, entre las calles 8 y 9 del SW, lleva desde ayer el nombre de Rodolfo Santayana, el joyero cubano que cobró notoriedad en el sur de la Florida por sus ingeniosas creaciones en oro y plata con motivos y paisajes de la isla.

El homenaje al que asistieron familiares y amigos fue encabezado por el comisionado de Miami-Dade, Joe Martínez, quien destacó la figura de Santayana por su generosidad como líder de negocios, espíritu emprendedor y un hombre que nunca olvidó sus raíces cubanas.

Santaya falleció a mediados del 2006, a los 63 años, víctima de un cáncer de pulmón.

"Es un honor muy bien merecido porque fue una persona que inspiró a la comunidad por su dedicación y patriotismo. Para mí y muchos hogares de emigrados cubanos eso tiene un gran valor, incluso más que su éxito empresarial y la fama que consiguió por su trabajo'', apuntó Martínez.

Hijo de un reconocido joyero de Camagüey, Santayana llegó en 1961 a Estados Unidos en uno de los vuelos de la Operación Pedro Pan junto a uno de sus hermanos. Siendo apenas un joven de 17 años y con unos cuantos dólares en el bolsillo, comenzó a vender periódicos en las calles de Miami y se puso a trabajar como asistente de una gasolinera local, con el propósito de ahorrar dinero para cuando sus padres lograran salir de la isla.

Cuando la familia volvió a reunirse en Miami aproximadamente dos años después del arribo de Santayana, él y su padre echaron a andar el negocio de joyas que debieron abandonar en Cuba por la ola revolucionaria de Fidel Castro. El proceso fue lento y muchas veces agotador.

Primero, retomaron el contacto con antiguos clientes de la isla que llegaron exiliados como ellos y, en segunda instancia, empezaron a visitar los hogares cubanos ofreciendo artículos para todos los gustos y a precios módicos, como anillos de compromiso, medallas y cadenas.

‘‘Tocaban puerta por puerta. Nunca se dieron por vencidos'', comentó Rodolfo Jr., uno de los cinco hijos de Santayana.

Las piezas las obtenían en consignación gracias a otros joyeros recién llegados de Cuba, que ya comenzaban su labor creativa a escala local, también partiendo de cero.

En una entrevista con El Nuevo Herald, seis años antes de su muerte, Santayana recordaba aquellos tiempos de lucha con un toque maestro y distintivo: "Las joyas no se venden, se compran; el secreto del joyero está en tener algo lindo para ofrecer a los que la van a comprar''.

En virtud de sus especiales dones de vendedor y simpatía en el trato con las personas, la clientela y ventas de Santa

yana aumentaron. A los 21 años se hizo cargo del negocio familiar, mejoró su oficio y estudió dibujo, a la vez que se inició en el diseño exclusivo.

Sus creaciones fueron un éxito rotundo. El primer motivo fue la palma, luego la silueta del Castillo del Morro de la Habana, el machete y los tinajones de Camagüey.

Así pudo ahorrar suficiente dinero para abrir en 1983 "Santayana Jewelers'', el primero de dos negocios, donde ofrecía una línea de joyas y piezas diseñadas por encargo.

El propio Santayana creó más de 1,000 joyas e imprimió su particular estilo cubano en muchas otras colecciones de finos acabados que aparecieron en revistas especializadas del ramo, como la línea Habana en la década de 1990, y sus colgantes en forma de moneda, representadas en oro y plata.

Por otra parte, fueron clásicas sus series de medallones decorados con dos palmas, una llave y un corazón, que significan la unión del pueblo cubano, así como también la figura de la carreta de caña, que en sí es una alusión a la experiencia del inmigrante de la isla.

"Mi esposo fue una persona entregada a su trabajo, y sobre todo un cubano que estaba dispuesto a colaborar con las personas necesitadas de la comunidad'', dijo Marisa Santayana.

jcchavez@elnuevoherald.com

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