Nation & World

Una cultura partida en dos

El 9 de enero de 1959, al día siguiente de la entrada de Fidel Castro en La Habana, el Diario de la Marina publicó un emocionado editorial que tituló "El deber de todos los cubanos''. En él, y en términos rotundamente entusiastas, el centenario periódico brindaba su respaldo al "caudillo'' y saludaba la afirmación hecha por éste la víspera de que "la libertad de expresión no volverá a ser mancillada en Cuba''.

Dos años más tarde, cerrado ya el "decano de la prensa de Cuba'' donde tantos prominentes intelectuales cubanos de los más diversos extremos del espectro político encontraron espacio y lectores, los artistas cubanos se reunían con Fidel Castro en la Biblioteca Nacional para escuchar a Virgilio Piñera decir que había un miedo "virtual'' motivado por el rumor de que "el gobierno va a dirigir la cultura''. En la última de las tres sesiones celebradas en aquel edificio heredado del antiguo régimen se escuchó el célebre dictum "Con la Revolución, todo; contra la revolución, nada'', que todavía hoy rige los destinos de la cultura insular.

El escaso tiempo que le tomó a la revolución transitar desde el apoyo mayoritario de la intelectualidad cubana hasta la aparición del "miedo'' que se atrevió a insinuar Piñera y la evidencia de que no se trataba de un miedo infundado, sino más bien de uno cuyo verdadero alcance muchos no podían siquiera imaginar en aquel momento, constituye el testimonio más rotundo de la centralidad que la revolución concedió al control sobre la cultura. En ella, el gobierno de Fidel Castro encontró una de las armas que han oscurecido los perfiles del horror totalitario padecido por los cubanos a lo largo de medio siglo. También un recurso para la proyección internacional de la revolución, una herramienta para dibujar una Cuba atractiva a la izquierda mundial. Dos propósitos éstos --represión y oronda máscara-- en los que la eficacia de la revolución, vale decirlo, ha sido notable.

Imaginar el legado de la cultura cubana del último medio siglo requiere tomar en cuenta, el menos, dos circunstancias. Primero, que toda comparación entre el estado de la cultura nacional antes y después de 1959 es improcedente. La revolución de 1959 es un hecho total que trastocó de raíz la vida del país también en el ámbito de la cultura, estableció una política cultural regida por el estado y un entramado institucional para ordenarla. Casi medio siglo después de establecida esa pragmática, son sus aciertos e iniquidades los que conforman ese saldo.

En segundo lugar, se ha de atender a una circunstancia generada por esa misma política cultural: prácticamente desde los primeros meses del triunfo de la revolución, la cultura cubana se partió en dos, como toda Cuba. La revolución creo una doble Cuba, la de "quienes se fueron'' y "quienes se quedaron''. De ahí que la cultura cubana, aun en manifestaciones menos atentas a la política, sea hoy una cultura bífida. Las muchas tentativas de reunión, sean patrocinadas desde La Habana o desde el exilio, no hacen más que poner en evidencia esa dualidad, si bien es cierto que el común trasiego de afectos y la hábil mediación del mercado han conseguido escenas memorables. Quienes han tenido la suerte de asistir a alguno de los conciertos de Bebo y Chucho Valdés, exiliado el primero desde principios de los sesenta y renuente a visitar Cuba mientras no sea una democracia y prominente artista residente en la isla el segundo, habrán gozado de esa reunión entre los dos extremos escindidos.

Por último, conviene atender aun a otra circunstancia. Todo proyecto sociocultural que se define como revolucionario, y especialmente si se ha mantenido en el poder durante medio siglo, requiere ser juzgado a partir de la correlación entre las fuerzas que despertó o desató y la manera en que éstas encontraron en la nueva sociedad el cauce para desarrollarse plenamente. Desde esa perspectiva, la historia de la cultura ‘‘revolucionaria'' cubana del último medio siglo es la historia de la permanente negociación entre los artistas y el Estado de los márgenes de libertad que pueden permitirse los primeros. Una historia, pues, de mecanismos de censura y represión a la libertad artística en un vaivén que, como bajo toda dictadura totalitaria, ha conocido períodos de relativo "deshielo'' y episodios de la más feroz represión.

Sin una estrategia cultural definida a la fecha del triunfo revolucionario, la política que el gobierno revolucionario acabaría implementando se desarrolló durante los primeros meses en un ambiente de relativa anarquía, y marcado por el entusiasmo que sacudía a buena parte de los artistas cubanos.

Hay tres sucesos que tuvieron lugar en fecha tan cercana al triunfo como la primavera de 1959 que muestran la ambición que tenían los intelectuales afines a la revolución y dan testimonio de la manera en que el nuevo gobierno se mostraba dispuesto a satisfacerlas. El 23 de marzo de 1959 los lectores cubanos se encontraron con la primera edición del tabloide Lunes de Revolución, un suplemento cultural llamado a ‘‘revolucionar'' la propia revolución que lo auspiciaba. Al día siguiente, 24 de marzo, un decreto del Gobierno revolucionario establecía el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos (ICAIC). Un mes más tarde, el 28 de abril, se creó, por ley, la Casa de las Américas.

Lo que esas tres instituciones representaban y la suerte que corrieron sirve para detectar tres apetencias que la revolución despertó y abrigó desde sus albores. También define, como en una foto fija, el curso de la cultura en la revolución. Por una parte, Lunes mostró el anhelo de una generación que buscaba acceder al vórtice de la historia nacional e internacional con un nuevo discurso afín a las ideas filosóficas y artísticas que dominaban los debates intelectuales de la década que se cerraba y romper, a la vez, con una idea de la cultura cubana que repudiaban. Por otra, en el caso del ICAIC, la voluntad de algunos gremios artísticos de instituirse en entidades autónomas que, aun cuando fieles a la revolución o capaces de cohabitar con ella, pudieran mantener cierto margen de independencia. Por último, la Casa de las Américas era --y lo continúa siendo aunque ya en forma severamente devaluada-- una institución en la que encarnaba la que ha sido una estrategia permanente del régimen castrista: la conversión de la cultura en una herramienta de la proyección internacional de la revolución cubana.

Aquellos mimbres con que se tejió el fundamento de la relación entre cultura y poder revolucionario crearon un cesto donde no todos cabían. Un marco que se fue estrechando cada vez más a partir de la institucionalización de la cultura y el decisivo avance hacia la sovietización del milieu intelectual. La serie es harto conocida y, por fuerza, breve el recuento que anoto: la censura a P.M., el documental auspiciado por Lunes de Revolución; el cierre de aquel suplemento y el exilio de Carlos Franqui y Guillermo Cabrera Infante, sus principales animadores; la creación de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la conversión de la disidencia literaria en disidencia política; la progresiva desaparición de manifestaciones de la cultura popular asociadas al catolicismo o los ritos afrocubanos; el llamado "Caso Padilla", puerta de entrada al llamado "Quinquenio gris"; el ostracismo al que se condenó a los intelectuales que no comulgaban con el régimen unipersonal establecido en Cuba; la noción de "espacio experimental'' surgida en los ochenta para enfrentar a artistas nacidos después de 1959 y renuentes a participar de la lógica institucional propuesta por el régimen; la extorsión, a partir de los noventa, a los artistas cubanos que trabajan fuera de Cuba, aunque continúan viviendo allí. En definitiva, medio siglo de censura y de sometimiento de la cultura cubana a una revolución que creyó regalar al país el cumplimiento de su destino.

La sujeción al férreo control del estado y la realidad de una nación dividida, con la consiguiente dificultad de acceso a la totalidad de la cultura producida en la isla y el exilio que ello implica, han dejado una impronta decisiva en la evolución de la cultura cubana del último medio siglo. Las tres variables ya presentes desde los primeros meses y que anotaba antes --diversidad y cosmopolitismo, autonomía desde la fidelidad y utilización de la cultura para ensalzar la revolución-- han continuado marcando el juego cultural dentro de la Cuba revolucionaria. Y como desde aquellos momentos inaugurales, la diversidad ha sido sinónimo de disidencia y ha sido aplastada con regularidad. Desde el exilio, libres de la sujeción a la política cultural del castrismo, decenas de miles de cubanos han trabajado a favor de la cultura cubana. Lo han hecho creando revistas y editoriales, actuando o bailando sobre las tablas de teatros de medio mundo, componiendo y ejecutando música, escribiendo libros donde Cuba ha estado más o menos presente, mostrando, en definitiva, que la cultura cubana no es la "cultura revolucionaria".

La cultura cubana, en la isla y el exilio, ha viajado durante el último medio siglo en buque cuya singladura marcó el triunfo de la revolución de 1959. A pesar de aquel ‘‘miedo'' que denunció Virgilio Piñera y de la formidable maquinaria de la cultura oficial, los cubanos han demostrado que el talento y el amor por la cultura escapan al feroz abrazo de la coerción.

  Comments