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El infeliz regreso a casa

Mientras el Boeing 727 carreteaba hacia la pista, la aeromoza seguía la rutina del despegue: Ajústense los cinturones. Ubiquen las salidas de emergencia. No fumen.

Una vez en el aire, la mayoría de los 110 pasajeros miraba por la ventanilla, leía o dormía durante el vuelo de dos horas y media a Honduras.

María Santos Deras apenas podía contener su emoción.

"Nunca he volado en un avión'', dijo. "Es la primera vez''.

Pero el vuelo 9058 no era un viaje común. Deras y sus compañeros de viaje eran inmigrantes ilegales a quienes deportaban a su país de origen, en de los aproximadamente seis vuelos diarios operados por la Policía de Inmigración y Aduanas (ICE). Todos los días se deportado a un promedio de 600 inmigrantes ilegales.

"Ha habido un aumento en el número de extranjeros detenidos'', dijo Michael Pitts, jefe de la unidad de operaciones de vuelo de la ICE. "Como resultado del arresto de más inmigrantes ilegales, ahora necesitamos más vuelos''.

El reforzamiento de las medidas contra los indocumentados se refleja en las últimas estadísticas de la ICE. Del 30 de septiembre del 2007 al primero de octubre de este año se ha deportado un mínimo de 349,041 extranjeros, un aumento de 20 por ciento en relación con los 12 meses anteriores. De ese total, por lo menos 12,753 fueron deportados desde la Florida, 3,648 más que durante los 12 meses anteriores.

El avión arrendado por la ICE --con 94 hombres y 166 mujeres a bordo el 20 de octubre-- era uno de los vuelos diarios a Honduras y otros países de América Latina operados por la unidad de Pitts en Kansas City, una verdadera aerolínea en la que sólo se ofrece pasaje de ida.

Entre los hondureños a bordo del 9058 había inmigrantes capturados por la Patrulla Fronteriza, por agentes de Inmigración en busca de fugitivos con orden de deportación o por policías durante paradas de tráfico en ciudades y pueblos lejos de la frontera.

Los deportados abordaron el vuelo antes del amanecer tras llegar al Aeropuerto Internacional de San Antonio en autobuses manejados por guardias. Antes de abordar el avión, los agentes federales registraron a los pasajeros en busca de armas.

Una vez sentados en la cabina, los deportados parecían pasajeros regulares. Todos estaban vestidos de civil y ninguno estaba esposado.

Pero el pasillo estaba llenos de agentes listos para controlar cualquier problema.

El avión despegó a las 6:29 a.m. Posteriormente la tripulación sirvió sandwiches, que los pasajeros comieron en silencio. No se pasaron películas.

Entre los pasajeros estaba Paulino Castro, de 32 años, detenido en Wisconsin cuando un policía lo detuvo porque tenía fundida una luz trasera de su carro.

Cuando el agente verificó su nombre en un banco datos, descubrió que era fugitivo de la ICE y se indicaba que Castro no se había presentado ante un tribunal de Inmigración, que un juez había ordenado su deportación y que había evadido la orden.

Castro contó su recorrido por el sistema jurídico y cómo lo deportaron. Explicó que poco después de entrar a Estados Unidos por Eagle Pass, en Texas, agentes de la Patrulla Fronteriza capturaron, pero lo liberaron tras prometer que se presentaría ante un tribunal.

Nunca lo hizo.

En su lugar, se fue a Carolina del Norte y vivió unos cuantos meses en Charlotte. Luego fue a Kansas City para pasar Navidades con un familiar y luego a Vancouver, Canadá, para trabajar en la construcción de embarcaciones.

También visitó Jacksonville antes de llegar a Wisconsin, donde fue arrestado y entregado a la ICE.

"Tenía miedo de que me fuera a deportar inmediatamente si revelaba que era homosexual'', dijo, al explicar su decisión.

Fue un error. Si hubiera explicado su orientación sexual, el juez de Inmigración podría haberle dado la opción de solicitar asilo, dijo el abogado Ira Kurzban.

"La homosexualidad ha sido reconocida como una posible razón para solicitar asilo bajo la categoría de ser parte de un grupo social particular, explicó.

Pero como Castro no apeló la orden de deportación, se hizo definitiva, lo que significaba que podían deportarlo tan pronto fuera localizado.

Y eso fue exactamente lo que sucedió.

Al igual que la mayoría de sus compañeros de vuelo, Castro estuvo tranquilo durante el viaje.

Cuando el avión entró a espacio aéreo hondureño había mal tiempo. Hubo que cambiar los planes de aterrizar en Tegucigalpa, la capital, y aterrizó en San Pedro Sula, la segunda ciudad del país. Al descender en medio de las densas nubes pocos pasajeros parecían nerviosos. Posteriormente se enterarían que el país recibía los embates del peor ciclón desde Mitch, que dejó un saldo de miles de muertos en 1998.

El aparato aterrizó sin problemas poco antes de las 9 a.m.

Las mujeres salieron primero, alguna gritando y alzando los puños al aire. Los hombres estaban más tranquilos. La policía del aeropuerto les ordenó formar una fila para pasar por el control de documentos.

Muchos se agruparon buscando una forma de regresar a casas.

Castro tomó un taxi con destino a La Misión, el pueblo donde nació, unas 55 millas al sur de San Pedro Sula.

Su madre, Adelina, lo esperaba en la puerta de su pequeña casa de bloques rodeada de flores y árboles frutales.

"Mi hijo, mi hijo, qué contenta estoy de que estés bien'', le dijo mientras lo abrazaba y lo besaba.

Ranger, un perro de 6 meses, se puso a ladrar cuando entró en la casa.

Castro se sentó en una silla, suspiró y se puso a ver la televisión, que pasaba los boletines noticiosos sobre el ciclón.

"Estoy contento, pero no estoy contento'', dijo. "Estoy contento de ver a mi familia nuevamente pero no estoy contento de regresar a un lugar donde no tengo vida''.

cf,gtd,8,8,7achardy@MiamiHerald.com

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