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Negociación salvó a muchos condenados

Dos de los presos políticos particularmente beneficiados por la intervención discreta del gobierno venezolano ante las autoridades cubanas en las décadas de 1960 y 1970 fueron los disidentes Pedro Fuentes Cid y Alfredo Sánchez, este último hijo de Aureliano Sánchez Arango, figura legendaria de la Cuba republicana.

Ambos cumplían condenas de 30 años por conspiración y les habían concedido la libertad condicional luego de 15 años de prisión.

Sánchez y Fuentes Cid ya habían salvado la vida en 1961, en parte gracias a la intervención de Rómulo Betancourt, que gestionó los buenos oficios de amigos personales como los presidentes Janios Quadros, de Brasil; José Figueres, de Costa Rica, y Adolfo López Mateos, de México, para evitar que los fusilaran.

La historia de Sánchez y Fuentes Cid ilustra un llamativo episodio de las luchas políticas de la disidencia en 1961, cuando se consolidaba la revolución castrista, y el papel que jugaron importantes líderes continentales y del exilio cubano.

En 1960, tras el triunfo de la revolución cubana, los jóvenes Alfredo Sánchez y Pedro Fuentes Cid se la jugaron en una conspiración para resistir la avanzada autoritaria de Fidel Castro. Habían formado un grupo de activistas y reunido un rudimentario arsenal en el más estricto secreto. Pero, sin saberlo, tenían ya a los agentes de la Seguridad del Estado respirándoles en la nuca.

Muy pronto, en marzo de 1961, fueron detectados cuando intentaban trasladar las armas a un lugar más seguro. Tras una persecución y un violento tiroteo, los jóvenes fueron detenidos y llevados a prisión.

Tras un juicio sumario, el veredicto del tribunal revolu

cionario fue fulminante: pena de muerte por fusilamiento para los dos.

Más de una docena de los que participaron en la conspiración, incluyendo a Gladys Chinea, una joven de 21 años que era la prometida de Alfredo Sánchez, fueron condenados a largas penas de prisión. Ningún otro fue sentenciado a la pena de muerte.

La condena de Sánchez y Fuentes desencadenó una campaña internacional para evitar el fusilamiento, impulsada desde Miami por Aureliano Sánchez Arango, ex ministro de Educación durante el gobierno de Carlos Prío Socarrás.

A raíz de una solicitud de Sánchez Arango, el ex presidente Betancourt inició ges

tiones para salvar a los jóvenes, a pesar de que las relaciones entre Cuba y Venezuela estaban en su peor nivel.

"Gracias a varias cartas que el presidente Betancourt envió a sus colegas Janios Quadros, Pepe Figueres y López Mateos, el gobierno de Fidel Castro nos cambió la pena de muerte por 30 años de prisión'', dijo Pedro Fuentes Cid, ahora de 69 años, mostrando una carta inédita enviada por Betancourt a Quadros en 1961 en la que le solicita expresamente intervenir "para que no se fusile a los jóvenes Alfredo Sánchez y Pedro Fuentes''.

En otra carta inédita hasta ahora, proveniente de los archivos de Aureliano Sánchez Arango y conservada

por su hijo Alfredo, Betancourt le envío al presidente Figueres una copia del mensaje confidencial que le transmitió al presidente López Mateos el 29 de septiembre de 1961, en el cual invoca "su espíritu humanitario y nuestra sólida amistad para solicitar una gestión suya ante el primer ministro cubano doctor Fidel Castro''.

Según Alfredo Sánchez, una circunstancia que los favoreció fue la invasión de Bahía de Cochinos, que llevó al gobierno a aplazar los fusilamientos temporalmente. ‘‘Cuando el gobierno derrotó la invasión, las gestiones de Betancourt con Janios Quadros resultaron efectivas, a juzgar por la suspensión de nuestros fusilamientos'',

señaló.

Sánchez y Fuentes tendrían que esperar más de 15 años para salir de Cuba rumbo a la libertad, gracias a una nueva intervención de un presidente venezolano, Carlos Andrés Pérez.

"El mismo día en que llegamos a Caracas recibimos una llamada telefónica y nos sorprendimos porque era el propio Rómulo Betancourt, interesándose en cómo habíamos llegado y sobre nuestra situación'', recordó Gladys de Sánchez, esposa de Alfredo Sánchez.

Las familias de ambos ex presos políticos llegaron a Venezuela en 1978, donde cooperaron en el programa para ayudar a los miles de cubanos que llegaban huyendo de la dictadura castrista a reiniciar una nueva vida.

ocasto@herald.com

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