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Para estos senadores la inmigración es una historia personal

Detrás del escritorio de su oficina en el Capitolio, el asistente del líder de mayoría del Senado, Richard J. Durbin de Illinois, tiene una copia enmarcada del certificado de naturalización de su madre.

Ella era una niña cuando llegó desde Lituania y tenía 26 años cuando se hizo ciudadana. Ella ya había envejecido para cuando su hijo le preguntó que había pasado con sus papeles de ciudadanía.

“Para entonces ella ya no estaba en su mejor forma, pero se levantó del sillón, se fue por tres minutos – máximo – y regresó con un viejo sobre gastado de color café, y me lo entrega,” recordó Durbin en una entrevista este año. Un pedazo de papel sobresalía, era el recibo de su solicitud que había conservado todos esos años.

“Así era mi mamá. Cuando hablamos de la inmigración, yo tengo un lado personal de la historia.”

En lo que avanza el debate de inmigración, los senadores empezaron a contar sus propias historias de inmigración y de los inmigrantes que ellos han conocido, un tesoro de colección de historias americanas que se derrama en el pleno del Senado.

Las narraciones, algunas recitadas con fervor, otras más inciertas, muestran cómo las profundas experiencias personales de los senadores y sus familias informan el debate político – en ambos lados.

Dos republicanos hijos de inmigrantes, el Sen. Marco Rubio de Florida y el Sen. Ted Cruz de Texas, ambos de 42 años, comparten historias similares de su niñez con padres exiliados de Cuba. Pero toman medidas radicalmente diferentes en cuanto a cambiar las leyes de inmigración de la nación.

Rubio, un arquitecto y líder de la obra por reparar el sistema de inmigración, habla de cuando sus padres cuando llegaron a los Estados Unidos antes de que él naciera, después de salir de Cuba unos años antes de la revolución de Fidel Castro. Su mamá trabajó en un Kmart mientras que su papá era cantinero en los salones de baile como los que Rubio ahora visita dando discursos políticos.

Cruz, quien nació como ciudadano americano en Canadá, ha llegado a ser uno de los más prominentes opositores del proyecto de ley que Rubio defiende, el cual pudiera proveer a los actuales inmigrantes no autorizados, un medio a la ciudadanía. Él cuenta la historia de su padre de haber salido de Cuba, haber lavado platos para pagar sus estudios universitarios, haberse casado con una mujer estadounidense y haber empezado un negocio.

Es probable que quienes estén familiarizados con los inmigrantes y con las experiencias de los recién llegados sientan empatía con los problemas que resultan en el complejo sistema de leyes de inmigración del país, aún si no siempre están de acuerdo con las conclusiones a que han de llegar, dicen los expertos.

“Si no conocen a los inmigrantes indocumentados, ellos les tienen miedo,” dijo Gabriel Sánchez, un catedrático asociado en la Universidad de Nuevo México y director de investigación en Latino Decisions, una compañía de encuestas. “En realidad solo se reduce a psicología básica: Se quita el factor de temor y se le permite a la gente que piense en eso desde una perspectiva diferente.”

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