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Llegó el adiós

Ya sea que lo ame o lo odie, lo respete o lo ignore, lo abuchee o le pida su autógrafo, no se puede dejar de ver a Óscar De La Hoya.

Pudiera haber sido nada original. Hablaba en líneas. Al tratar de convencer a todos, a veces se veía falso. ¿Quién puede olvidar a Fernando Vargas cuando dijo que era él el verdadero mexicano, y no el Niño de Oro, meses antes del encuentro de septiembre 2002? (resulta que ninguno lo era). Siendo la figura del boxeo más popular y divisiva de hoy en día, De La Hoya ha sido golpeado por abucheos al igual que por los poderosos golpes de Manny Pacquiao. Pero él debería de ser elogiado y se le debería de dar una ovación de píe, en lugar de un conteo hasta ocho, por lo que anunció el martes pasado.

Frente al Staples Center de Los Ángeles, donde su estatua está celebrando la victoria para la posteridad, el encanecido De La Hoya, ya no tan de oro con cuatro derrotas en sus últimos siete encuentros, y definitivamente no siendo ya un niño con 36 años, se retira.

"Cuando ya no lo puedo hacer, cuando ya no puedo competir al más alto nivel, no es justo," dijo De La Hoya con un nudo en la garganta. "No es justo para mí, no es justo para la afición, no es justo para nadie. Y he llegado a la conclusión de que se acabó."

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