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El amor por el juego no tiene límites

FRESNO -- El campo de fútbol, si es que se le puede llamar así, no es nada más que un pedazo de tierra desolada y asfalto en una sección industrial en la avenida Railroad, no lejos del arco de la avenida Van Ness que tiene el letrero que dice: 'Fresno: La Mejor Pequeña Ciudad en EE.UU.'

El campo no tiene líneas marcadas, y es como la mitad del tamaño de un campo de fútbol oficial.

Las porterías no son más que una red amarrada en tablas de dos por cuatro.

Los jugadores que llegan a ser empujados a la red pueden quedar enredados en la malla ciclónica.

No hay bancas, no hay representantes en busca del próximo Pelé, y no hay un marcador con la puntuación del partido.

No hay programación de partidos. Los partidos al instante se llevan a cabo durante la hora de comida, o después del trabajo.

Para los hermanos Juan y Jaime García -- junto con otras varias docenas de compatriotas inmigrantes mexicanos -- este campo de fútbol improvisado es la gloria.

"Esa hora o dos de fútbol ... es como cuando éramos niños," dijo Juan García, de 22 años, quien trabajó como carrocero hasta que fue descansado de su trabajo hace como dos años. "Sin preocupaciones. Como alegres jovencitos. Pero en cuanto regresamos a la realidad, es deprimente."

Esa es la atracción que tiene el tipo de fútbol que se juega enseguida del viejo edificio de color amarillo deslavado donde juegan algunos de los participantes. El edificio que en un tiempo fue central de camiones de carga ahora tiene una nueva vida como taller de carrocería y detalle automotriz.

Por algunas horas, los jugadores pueden olvidarse de la crisis económica que les ha costado su empleo, las redadas de inmigración que infunden temor en sus comunidades, o los constantes desafíos de intentar combinar viejas culturas y tradiciones en un nuevo país.

Los jugadores no usan protección, ni camisetas. Y los porteros detienen los tiros de los goleadores con guantes de trabajo. La mayoría de los jugadores usan ropa vieja y acabada, prueba de un largo y polvoriento día de trabajo.

Mientras que el gastado balón es pateado y aventado con cabezazos, los jugadores tienen cuidado de no mandar el balón a la cerca con alambre de púas al lado este del campo.

También tiene cuidado de no mandar el balón en contra de las defensas de acero de los camiones de carga pesada que están estacionados en el Central California Truck Center.

Tales condiciones están bien para muchos de ellos, el ambiente y el deporte son perfectos. Después de todo, ellos se están tomando un receso de la realidad.

Jaime García es un joven que dejó sus estudios de preparatoria y admite haber tomado malas decisiones en sus días de juventud. Hoy en día, él solo quiere trabajar en mantener una buena relación con su hija April, de 3 años de edad quien vive con su madre.

Él se niega a ser una estadística más del desempleo, algo que ha plagado a muchos de sus amigos. Él trabaja en un restaurante del Fulton Mall.

El año pasado García, su madre, Angelina, y su hermana menor, Érika, se naturalizaron como ciudadanos estadounidenses. El resto de la familia luchó por ellos, y hasta la fecha los demás siguen indocumentados.

"Nosotros pagamos como $5,000 cada uno. Pedimos prestado el dinero a mi abuelo," dijo él, "Para los exámenes médicos y todo."

El abuelo, Emilio Barrios, murió el año pasado en Oaxaca, México, pero ellos todavía le deben el dinero a la abuela de García.

Él ve a muchos de sus amigos que han perdido sus empleos. Sus familiares viven con temor de llegar a ser de los desafortunados que son arrestados y deportados por las autoridades e inmigración federal.

Juan García es gerente del taller de carrocería.

"Yo tuve que avisarle a cinco de mis amigos que iban a ser descansados," dijo Juan García. "Tuvimos como 12 (descansos laborales). Esto ha afectado a todos, pero hasta los que ya perdieron sus empleos vienen a jugar."

Artemio Hernández juega de goleador y portero. Él tiene tres hijos e inmigró desde Guerrero, México.

"Algunos de nosotros arreglamos nuestros problemas por medio del deporte," dijo Hernández. "Es difícl porque muchos de mis amigos ni siquiera pueden trabajar en los campos porque no hay nada allí para ellos. Debido a la sequía, no hay trabajo allí tampoco."

"Por lo menos esto nos ayuda a olvidarnos de esta problemática economía que tenemos ahora," añadió él.

Existe una camaradería entre los jugadores, quizá porque ellos comparten antecedentes similares.

Juan García, recuerda que cuando él tenía 2 años cruzaron el desierto para entrar a los Estados Unidos, él iba de la mano de su madre, y su padre llevaba en brazos a su hermana Érika.

García recuerda que durante el viaje ilegal, él escuchaba el helicóptero que patrullaba cerca. La familia se las ingenió para evitar ser detectados.

Tales recuerdos son difíciles de olvidar.

Pero en el campo de fútbol improvisado al sur de Fresno, esas imágenes son reemplazadas por las bromas y la competencia que hacen del fútbol un escape de la realidad.

Mande correo electrónico a:

dcasarez@vidaenelvalle.com

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